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La asertividad paso a paso

La asertividad es la capacidad que tenemos las personas para afirmarnos en nuestras decisiones, tener criterio propio y cuidar nuestro espacio personal.

En lenguaje coloquial solemos hacer referencia a la asertividad cuando decimos “hay que saber decir las cosas” o “no hay que dejarse avasallar”, y nos referimos normalmente a ser capaces de pedir lo que es nuestro, sin necesitar pasar por encima de nadie, ni dejar de decir lo que realmente pensamos por miedo a la reacción.

Las relaciones interpersonales están llenas de meandros y sinuosidades que adornan y también entorpecen el camino. La comunicación interpersonal (a todos los niveles) encierra un gran desafío.

Más allá del “qué” comunicamos, se nos hace difícil elegir el “cómo” comunicarlo. Eso nos hace pensar en quién tenemos delante, qué conocemos sobre esta persona e, incluso, en cómo creemos que va a reaccionar… Damos por hecho que sabemos “de sobra” que le va a sentar mejor o peor y estamos seguros de la respuesta que vamos a obtener, mismo antes de comunicarlo.
Centramos las expectativas en el otro y nos olvidamos que la comunicación se da, fundamentalmente, en dos vías: la del receptor, pero también la del emisor del mensaje.
Si damos una vuelta a ese escenario y nos centramos en el emisor (léase nosotros mismos), podemos adoptar otra perspectiva y adquirir nuevas habilidades que nos ayudarán a comunicarnos de forma más ASERTIVA.

Pero, ¿qué es la asertividad?
Desde hace tiempo venimos escuchando que la buena comunicación es aquella que se basa en la asertividad: ni agresiva ni pasiva, sino asertiva.
Sin embargo, la información que nos llega nos hace creer que la asertividad tiene que ver con nuestro derecho a decir “no” y nuestras habilidades para hacerlo de forma a no ofender ni agredir los demás, y conseguir lo que queremos.
¡Sí! Esa es una parte muy importante en el camino hacia la asertividad, pero hay más aspectos que explorar.

Asertividad: paso a paso
El primer aspecto está en saber exponer el hecho que no aceptamos, que nos molesta, que nos hiere, en definitiva, el que queremos revertir. Describir el hecho es muy diferente a acusar, culpabilizar o buscar el defecto o error que los demás cometen. Describir significa contar aquello que ha pasado y que nos ha molestado. “No me gusta tener que esperar” es diferente a “siempre llegas tarde”.
Este ejemplo nos da la clave para entender el siguiente aspecto, ¿desde dónde sale la comunicación? ¿Desde el “yo” o desde el “tú”?

Comunicar a través del tú encierra en si mismo un tono acusatorio, culpabilizarte, juzgador. La comunicación desde el yo tiene numerosas ventajas y, quizás, la más importante es que contamos la historia a partir del personaje que más conocemos y mejor manejamos: nosotros mismos. “No me gusta A MÍ tener que esperar… Me gustaría A MÍ aprovechar este rato de espera para hacer otras cosas…”
El punto crítico de la comunicación desde el yo tiene que ver con que, para lograrlo, debemos conocernos y entrar en contacto con nuestras emociones, sentimientos, pensamientos y sensaciones.

¿Sabemos nombrar las emociones que sentimos en cada situación? ¿Le damos la atención necesaria a lo que nos pasa por la cabeza y en nuestro cuerpo cada vez que nos aflora una emoción? ¿sabemos describir qué sentimos cuando algo nos emociona (para bien o para mal)?

Este paso nos facilita el proceso de resolución de conflictos: dar solución a una problemática que deseamos no vuelva a repetirse. Hay que buscar acuerdos, cambios adaptados a las partes implicadas, respetuosos, que garantice la dignidad y libertad de todos.

Para alcanzar acuerdos es muy importante tener en cuenta que nadie tiene, necesariamente, que salir perdiendo. Se trata de buscar una solución gana-gana.

 

Mariana Lima
Comunicóloga y psicoterapeuta
Colaboradora del Centro AMALTEA