Cuando pensar es el problema
Lucía es una mujer de 45 años en plena crisis emocional por su reciente separación de pareja. A pesar de ser ella quien ha tomado la decisión de separarse no puede dejar de pensar si habrá hecho lo correcto o quizá debiera darle otra oportunidad a la relación antes de la separación definitiva. La relación ha durado cuatro años y son pocos los buenos momentos que recuerda. Ha sido una relación tortuosa, con múltiples intentos de dejarlo y volver a intentarlo. Se han faltado el respeto mutuamente a lo largo del tiempo hasta que prácticamente se ha hecho inviable continuar juntos.
Carmen se ha matriculado en la Universidad después de un par de cursos perdidos por no tener claro lo que quería hacer. Este año ha optado por matricularse en una carrera que le puede permitir trabajar en un ámbito que le gusta. En el futuro le encantaría vivir en otro país y dedicarse al sector turístico. El problema es que tiene tanto miedo a fracasar y no ser capaz de conseguir aprobar que a pesar de lo avanzado del curso no ha conseguido ir tres días seguidos a clase. Sólo de pensar que tiene que ir siente palpitaciones y un nerviosismo que le recorre todo el cuerpo. La mayor parte del tiempo lo pasa dando vueltas a la cabeza, pensando en lo que tiene que hacer, dudando si ha elegido lo correcto, pensando si será válida para estudiar, o quizá seria mejor ponerse a trabajar.
Carmen y Lucía están pensando más de la cuenta y de una forma tan improductiva que se encuentran atrapadas en un circulo vicioso. ¿Por qué estas personas se han entrampado tanto con sus pensamientos y pasan horas o días rumiándolos? ¿Por qué a pesar de darse cuenta de lo improductivo que resulta, Carmen y Lucía no dejan de darle vueltas a sus pensamientos?
La respuesta tiene que ver con nuestra naturaleza. Los seres humanos somos seres “racionales” (Sí, aunque a veces no lo parezca) y esto supone que tenemos un sistema interno de solución de problemas. La mente es este sistema que nos permite analizar, valorar, razonar, imaginar, crear, hipotetizar, anticipar, etc. La mente funciona como un potente ordenador de ultima generación al servicio de solucionar los problemas. Los pensamientos nos ayudan a imaginar otras realidades y vivir situaciones por las que no hemos pasado en la realidad y quizá no vivamos pero que exploramos “en la mente”. A través de este sistema de razonar y pensar encontramos soluciones a muchos problemas de la vida. La dificultad viene cuando lo utilizamos ante las vicisitudes de la vida que no son problemas, sino limitaciones. Situaciones que son dolorosas pero que no tiene solución. Situaciones que hay que vivir y sentir. Ante estas situaciones no sirve de mucho tratar de entender, razonar, analizar a pensar por qué. Sin embargo los occidentales estamos entrenados desde bien pequeños a usar la mente para resolver todas las cosas que nos pasan. Y ante el dolor de la pérdida, el miedo de la incertidumbre, la frustración cuando los planes se tuercen, queremos resolverlo con nuestra mente como si de un problema solucionable se tratara. En la Terapia de Aceptación y Compromiso decimos que no todo lo que sucede es un problema de matemáticas que hay que resolver. Hay veces que no tenemos respuesta a determinadas preguntas. Momentos de dolor por las expectativas no cumplidas, pérdidas inesperadas, daño generado por personas queridas. Y se trata de sentir y pasarlo. Vivir también es esto. En su libro “Mi Viaje al norte” Lancy Dodem refleja el contraste entre la cultura india en la que la aceptación impregna toda su visión del mundo y la cultura europea en la que nos rebelamos ante las cosas que suceden. Comenta la anécdota de los padrinos que solían viajar a la Fundación de Vicente Ferrer en la que creció y apenas dos días después de su llegada ya le estaban diciendo a Vicente cómo cambiar tal o cual circunstancia. Vicente siempre los escuchaba con atención para terminar con una frase cortés “Que buena idea has tenido” que no implicaba necesariamente que fuera a hacerles caso. Los occidentales siempre están queriendo cambiarlo todo se asombra Lancy.
El dolor emocional conviene vivirlo, experimentarlo, sentirlo, atravesarlo…. ACEPTARLO
Ante el dolor emocional de una perdida o ante el miedo de la incertidumbre conviene abrirse, como si nuestro cuerpo fuera una casa a la que le abres las ventanas para que entre el aire y ventilarla. Las emociones desagradables nos indican el valor que tienen las cosas para nosotros mismos, indican el significado que le damos a la relación con otra persona (pareja, amistad…). Hablan de la vida que tiene sentido para nosotros. El dolor es la otra cara del placer que un dïa sentimos al vivir una relación significativa. En general no estamos preparados para sentir el dolor. Duele demasiado. Queremos erradicarlo antes y recurrimos a nuestra poderosa máquina de solucionar para resolverlo.
Lucia me pregunta y se pregunta una y otra vez por qué su expareja hizo tal o cual cosa, quiere entenderlo “porque yo hasta que no lo entiendo no me quedo conforme”, le da vueltas en su cabeza a múltiples situaciones vividas analizando hasta la extenuación los detalles que le puedan explicar por qué no ha sido posible la relación. Antes o después Lucia tendrá que darse cuenta lo improductivo que resulta su esfuerzo. tendrá que abandonar esa lucha y aceptar que lo que ha pasado, ha pasado. Aceptar la frustración. Aceptar que aunque le gustaría no es posible esa relación. El duelo supone un proceso de aceptación y conviene atravesarlo “a ciegas” como si uno se metiera en medio de la maleza y tuviera que seguir andando por la selva sin saber si hay un claro al final del camino. Cuando caminas en la maleza todo lo que puedes ver a tu paso son ramas y zarzas. Hay que seguir caminando confiando en la vida. Todo cambia. Todo se renueva. Todo se transforma. A su debido tiempo. Al final encontraremos el claro. Se abrirá un paisaje diferente. A su debido tiempo.
Aunque está bien pensar en los problemas para encontrar posibles soluciones, es importante establecer una diferencia entre pensar de un modo constructivo y pensar en exceso.
No siempre conviene usar la mente para afrontar las situaciones que nos pasan. Algunas de las situaciones en las que no resulta útil la mente pueden ser:
Cuando tratamos de averiguar las intenciones que otra persona ha tenido. Como cuando Lucia se pregunta por qué su expareja dijo o hizo algo o por qué le daba tanta importancia a otra cosa. Ahora ya no está su expareja, ya no le puede responder y sólo él es quien tiene la respuesta. A veces ni él mismo la tiene. A veces no hay respuestas claras y racionales. “¿Por qué me has dejado?” se pregunta ella. “Porque ya no siento lo mismo” responde él. “Pero por qué ya no sientes lo mismo, es que nunca lo has sentido? insiste ella. “Sí, antes lo sentía, pero ya no” responde él. “Eso no es ninguna explicación. Tiene que ser por algo” Insiste ella…. Y él seguirá dando explicaciones (algo que se puede hacer hasta el infinito) porque la capacidad de nuestra mente para “dar razones” es ilimitada. A veces hay situaciones que no tienen explicación.
¿Cómo elegir entre viajar a Roma o Paris cuando ambas ciudades me gustan? ¿Cómo decidirme por un cambio en mi actividad profesional cuando estoy haciendo lo que me gusta y también me gusta lo nuevo que me ofrecen? Hay momentos en los que se trata de elegir sin más, sin motivos ni razones. Elegir porque sí.
Hay situaciones en las que nos gustaría tener una respuesta rápida pero no la hay. Resolver un dilema en el momento. Encontrar una solución al instante y no nos sale. Nos bloqueados y cuanto más pensamos más nos bloqueamos. Entonces resulta mucho más eficaz reposar la solución y esperar a otro momento en el que estemos más claros. La solución puede surgir después de un sueño reparador, mientras corres o realizas otras tareas cotidianas. Permanecer en la incertidumbre es molesto pero ayuda a cocinar a fuego lento las soluciones.
Hay personas que sólo actuan cuando tienen claro que han tomado la solución perfecta. Cómo si tal cosa existiera. En realidad lo que toman como solución perfecta sólo es la que mejor les encaja. Las soluciones perfectas no existen. Cada elección aunque sea la mejor de las posibles tiene sus desventajas. Cada cambio o vuelta de timón en nuestra vida ayuda a ganar algo y significa perder algo.
La mente, esa “máquina de dar razones” es muy útil en muchas circunstancias de la vida. Nos ha permitido evolucionar y transcender la naturaleza. Pero también nos entrampa y atrapa.
La aceptación es el camino a veces paralelo y a veces alternativo a las situaciones que la vida nos presenta. Dejar ser. Soltar. Respirar. Observar. Sentir sin juzgar. Abrirse. Son “acciones pasivas” más útiles que pensar. Razonar. Analizar. Buscar Razones.