Comunicarnos con amabilidad y respeto
A menudo me sorprendo ante las formas con las que se comunican personas que dicen quererse. Estoy segura que se quieren y aprecian y sin embargo ¿Cómo es posible que se hablen tan duramente? ¿Con falta de respeto? ¿O de maneras tan impositivas? Dice el refrán que la “Confianza da asco” y eso parece que se cumple a la hora de comunicarnos con las personas queridas en nuestra vida cotidiana. Para ser sincera, me sorprendo al verlo en las personas que acuden a la consulta y ante mí se hablan con dureza, se critican y desvalorizan, se dicen las cosas más duras; pero también me sorprendo a mi misma cuando con mis seres queridos en determinados momentos puedo volverme dura e impositiva y faltarles así al respeto.
Múltiples factores nos influyen para no comunicarnos con amabilidad y respeto: las emociones como el enfado o el miedo, las expectativas personales, estar cansados o bajo niveles de estrés, no ayudan al diálogo amable. Hay un obstáculo principal con el que nos encontramos una y otra vez los seres humanos, como seres racionales y “verbales” que somos: “Tener Razón” como mecanismo de solución de problemas.
Los seres humanos conservamos una parte animal que se desencadena en determinadas situaciones de peligro. El enfado y las cosas que podemos llegar a hacer o decir bajo esta emoción dan cuenta de lo irracionales que podemos llegar a ser. También tenemos una parte “evolucionada” que es nuestro “sistema verdad”, la mente, los pensamientos, el diálogo interno (llamémoslo como queramos, estamos refiriéndonos a lo mismo). La mente es un sistema interno de solución de problemas. Nos aporta pensamientos para solucionar los problemas a los que nos enfrentamos en la vida diaria y en muchas ocasiones esos pensamientos son útiles y nos ayudan a resolver las situaciones. Sin embargo, en el contexto de las relaciones interpersonales puede no ser tan eficaz hacerle caso a nuestra mente y sobre todo puede no ser nada eficaz tratar de “hacer entender” al otro nuestro punto de vista como una forma de resolver el conflicto. Hacerlo así sólo implica una falta de respeto. Cada uno de nosotros vamos por el mundo con unas GAFAS con las que vemos el mundo. Estas gafas (la mente) se han construido a lo largo de nuestra historia de aprendizaje, con las vivencias.
La “Historia de los ciegos y el elefante” nos puede ayudar a comprender la ineficacia de mirar sólo uno de los aspectos de la realidad y olvidarnos que los demás están haciendo lo mismo.
Cuatro ciegos se reunieron un día para examinar un elefante. El primero de ellos tocó la pata del animal y dijo: “Un elefante es como un pilar.” El segundo palpó la trompa y dijo: “Un elefante es como una maza.”El tercer ciego tanteó el vientre y declaró: “Un elefante es como una gran tinaja. “Al final el cuarto agitó la oreja del animal y dijo a su vez: “un elefante es una gran panera.” Tras lo cual se pusieron a discutir sobre el tema. Alguien que pasaba por allí les preguntó por el motivo de su disputa; se la explicaron y lo tomaron como árbitro. El hombre afirmó: ”Ninguno de vosotros ha descrito bien al elefante. No se asemeja a un pilar, aunque sus patas son como pilares; no se parece en nada a una panera, si bien sus orejas lo parecen; no tiene el aspecto de una vasija, pero su propio vientre lo es. No es una maza, sino que su trompa es parecida a una maza. Un elefante es la combinación de todo esto: patas, orejas, trompa y vientre.
Para hablar claro y evitar las discusiones improductivas conviene empezar por conocer nuestras propias gafas con las que vemos el mundo y recordar que nuestra pareja, familia, amistades y cualquier persona tiene las suyas.
¡Conócete a ti mismo/a!
Era la frase que podían encontrar los griegos al entrar en el templo de Apolo en Delfos. Una de las frases que ha transcendido el tiempo porque contiene un significado profundo. Para conocer tu propia forma de ver el mundo puedes tomar el siguiente ejercicio adaptado de P. Geffroy & S. Perrieu-Geffroy:
Describe algunas de tus características:
Describe algunos aspectos de tu carácter
Escribe ¿Qué es lo que te apasiona?
¿A qué te dedicas?
Describe brevemente algunos aspectos del entorno familiar en el que has crecido, entorno social, cultural, religioso…
¿Cuáles son tus valores? Aquello que verdaderamente te importa en la vida?
¿Qué te motiva? ¿Qué te desmotiva?
Todas estas respuestas constituyen tu “marco de referencia”. Son las gafas con las que ves el mundo. Las llevas siempre puestas aunque no te des cuenta y funcionan a modo de descodificador entre la realidad y tú. Te comunicas con los demás a través de estas gafas. Cada persona tenemos una historia personal, nuestras vivencias y experiencias, así como los conocimientos y habilidades adquiridos con el tiempo. Cada historia es única. Cada persona ve las cosas en función de cómo ha sido su historia de aprendizaje.
Cuando tratamos de hacer entender al otro nuestro punto de vista creyendo que el motivo del conflicto es que no está viendo adecuadamente la realidad nos olvidamos que tiene su propio marco de referencia y está teniendo la misma sensación que uno mismo: “Déjame que te explique”, “es que no me estás entendiendo, eso no es así” “no estás viendo las cosas de forma adecuada”, “con esa manera de ver las cosas es imposible que…” y otras muchas frases por el estilo reflejan la dificultad que tenemos las personas para ponernos de acuerdo. No se trata de cambiar el marco de referencia del otro (algo que es imposible) sino de expresar cada uno el suyo, hacer el esfuerzo de mirar las cosas con las gafas del otro y después ver la parte en que podemos colaborar. Podemos conservar nuestra propia perspectiva y decidir colaborar en una meta común o buscar una solución adecuada para ambas partes. Es difícil pero posible.