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Angustia: el vertigo de la libertad

El filósofo Sören A. Kierkegaard consideraba que “la angustia es el vértigo de la libertad” y en este sentido suelo preguntarme cuando una persona acude a la consulta por crisis de ansiedad ¿Qué clase de tensiones relacionadas con la responsabilidad y la libertad pueden estar detrás de esa crisis? Tensiones derivadas de la libertad de elegir cómo queremos vivir nuestra propia vida y la dependencia de las otras personas.

En el post “Kierkegaard y la angustia” podemos leer que para este filósofo la angustia se relaciona con el pecado y con la libertad. Es un sentimiento que surge ante la experiencia de vacío, la nada, la conciencia de sí mismo y la eternidad. La angustia surge ante la conciencia que tenemos los seres humanos de nuestra libertad y el ejercicio de la misma para vivir nuestra vida con responsabilidad. Es decir, respondiendo ante las diferentes situaciones que la vida nos presenta de una forma genuina, personal y única. En esta línea para Sartre la angustia a diferencia del miedo no es “por ningún motivo concreto, ni de ningún objeto externo, es miedo de uno mismo, de nuestras decisiones. Es la emoción o sentimiento que sobreviene con la conciencia de la libertad: al darnos cuenta de nuestra libertad nos damos cuenta de que lo que somos y lo que vamos a ser depende de nosotros mismos, de que somos responsables de nosotros mismos y no tenemos excusas; la angustia aparece al sentirnos responsables radicales de nuestra propia existencia.” (Mardam. Mentefilosófica.com) En este sentido podemos considerar que los síntomas que nos ahogan durante la crisis de ansiedad lejos de constituir el preludio de un ataque al corazón o ser indicativos de un ataque de locura constituyen una conciencia superior de nuestra propia naturaleza existencial y el ejercicio de la responsabilidad.

Los síntomas de la crisis de angustia pueden servirnos como las señales de un mapa que nos orienta por el camino de la existencia. Una vez pasados los momentos iniciales de pánico y descartada cualquier causa orgánica de los mismos podemos tomarlos para aprender más de nosotros mismos y el propósito de nuestra existencia. Es difícil convencer a la persona que se ahoga con su propia respiración, creyendo estar al borde de la muerte ante los latidos desbocados de su corazón, de que mire en esos síntomas en lugar de eliminarlos. No resulta sencillo convencerla de que esa crisis ha llegado para aprender algo importante que puede llevarla a crecer y desarrollarse como ser humano. En esta sociedad preñada de inmediatez y hedonismo lo más fácil resulta acudir a la química de fármacos supuestamente inocuos que sin apenas coste alguno nos “curan” de nuestros miedos. Para quien esté dispuesto a enfrentarse al abismo de su libertad y existencia la crisis de angustia puede constituir un momento de gran valor que le lleve a ser el verdadero protagonista de su vida.