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3 consejos para afrontar los pensamientos «ninjas»

Cuando nos enredamos en ellos o nos los creemos, pueden producir ansiedad, desasosiego y mucha mucha inquietud

Ay, la mente.

Qué maravillosa y puñetera es a veces, ¿verdad? Tú estás ahí tan tranquila y relajada, tirada en el sofá, y de repente a tu cabecita le da por recordarte aquella vergonzosa conversación de hace ocho meses, aquel recuerdo doloroso de hace tres años, aquella persona de hace quince. Y si es un domingo a las doce de la noche, mientras intentas dormir a la vez que calculas el tiempo que te queda para que suene el despertador, mejor.

Algunos de esos pensamientos son ninjas: tienen la capacidad de colarse en tu cabeza sin darte cuenta, de manera silenciosa, y de repente te encuentras dándole vueltas a esa vez que llamaste «mamá» a tu profesora y tus compañeros se rieron de ti. Tenías once años y ahora, veinte años después, se te ocurren unas respuestas ingeniosísimas que, en su momento, no acertaste a elaborar.

Si estos pensamientos, recuerdos e ideas se colasen en nuestro cerebro y no hiciesen nada, no habría problema, ¿verdad? Pero, claro, cuando nos enredamos en ellos o nos los creemos, pueden producirnos ansiedad, desasosiego y mucha mucha inquietud.

Tres consideraciones

Como mencioné en el post sobre el hábito saludable de la escritura, nuestros pensamientos funcionan como una radio permanentemente encendida. Veinticuatro horas al día, los siete días de la semana. Entre tanta información, ¡imagínate la cantidad de morralla que intenta colarnos! Imagina cuántos pensamientos ninja, tan escurridizos y silenciosos, consiguen filtrarse.

Para conseguir dominar a estos pensamientos ninja y que ellos no te dominen a ti, debes tener en cuenta estas tres consideraciones:

1). Los pensamientos son automáticos y no todos reales. Por lo general, tendemos a creernos todos nuestros pensamientos (sobre todo esos desagradables y que hacen daño, ¿a que sí?): «Eres aburrida», «eres un fracasado», «¿quién te va a querer?», «sshh, no digas nada o se reirán de ti», «quédate en casa, a salvo». Tú, convencida de que todo aquello es verdad, te lo crees. Te crees que esa es la realidad. Pero no, ¡por suerte! Tú cerebro genera los pensamientos de manera automática, pero no son reales. No son la realidad. No son la verdad absoluta aunque creamos que sí.

2). Debemos hacer un ejercicio de análisis y descarte con los pensamientos: este pensamiento me sirve, me lo quedo; este no, lo dejo pasar de largo y no le hago caso. Es una experiencia parecida a cuando pedimos consejo a un familiar o amigo (o cuando nos lo dan sin haberlo pedido): si creemos que nos puede valer, lo tomamos en consideración; si no, pasamos de él. Así que trata de ver esos pensamientos como consejos: está en tu mano aceptarlos y seguirlos o descartarlos.

3). El pasado y el futuro no existen, solo el presente. Sí, sí, ya sé que la frase está muy manida, pero es cierta. Tanto uno como otro solo existen en nuestra cabeza, en nuestros pensamientos, y aunque a veces recuerdos de nuestro pasado pueden alegrarnos o ayudarnos, también, si nos quedamos anclados a él, pueden generar depresión. Lo mismo si nuestros pensamientos están continuamente centrados en el futuro: hola, ansiedad. Debemos aprender a quedarnos en el presente, porque es lo que verdaderamente ocurre en este momento. Lo palpable, lo que existe. Para ello, la meditación es muy recomendable (hablaré más sobre esta práctica en otro post).

Como ves, son ejercicios que requieren atención, paciencia y mucha mucha práctica, pero ¿te imaginas conseguir no hacer caso a todas las estupideces que a menudo nos dice nuestro cerebro? Vale la pena intentarlo.
Cintia Fernández Ruiz, autora del post
Imagen: Simon Migaj