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Diversidad sexual y niños: eduquemos sin prejuicios

Imagina esta situación:

—¡Pero qué mayor estás, Pablo! ¿Cuántos años tienes?
—¡Ocho!
—Y qué, ¿ya tienes novia?

O esta:

—¡Pero qué mayor estás, María! ¿Cuántos años tienes ya?
—Trece.
—Uy, seguro que tienes un montón de novios…

¿Te suenan? Ahora, imagina esta:

—¡Pero qué mayor estás, Lola! ¿Cuántos años tienes ya?
—Doce.
—Y qué, ¿te gusta alguien?

Las tres situaciones parecen prácticamente idénticas, ¿verdad? Pero la última tiene una pequeña diferencia.

Se tiene la costumbre de preguntar a las niñas, desde bien pequeñas, qué niños les gustan, si tienen novio, etc., y a los niños, desde bien pequeños, qué niñas les gustan, si tienen novia, etc. Desde chiquititos les marcamos el «camino correcto», les indicamos, con la elección de nuestras palabras, la ruta que tienen que seguir, lo que les tiene que gustar. Así, de manera, indirecta, les decimos qué es lo «normal», y les hacemos entender que esas otras opciones que omitimos en nuestras preguntas (y con las que quizá puedan sentirse identificados) no están «bien».

Dejando a un lado que, desde mi modo de ver, les empezamos a bombardear con el tema noviazgo desde edades muy tempranas, ¿por qué no preguntarles si les gusta alguien, así, en general? Y ellos, de esta manera, verán como algo natural que les pueda gustar un niño, o una niña, o los niños y las niñas, o nadie.

El cambio en la pregunta es muy pequeño, parece sencillo, ¿verdad? Haces la pregunta más general y evitas que el crío o la cría pueda sentirse mal por si les gusta una persona de su mismo sexo.

Queramos o no educar a nuestros niños sobre diversidad sexual, la realidad es que ¡siempre lo estamos haciendo!: con nuestros comentarios y juicios de valor, con lo que ven en casa, con nuestras actitudes, con esas cosas sobre las que bromeamos, sobre las que callamos… Y la educación es vital en el desarrollo de la infancia. Por eso, esta debe ser libre de prejuicios.

«Heteronormalidad»

Aún hoy, vivimos en una sociedad que silencia y condena la homosexualidad. Ha habido grandes avances, sí, pero todavía no se trata con naturalidad. Y es que, por lo general, a todas las personas se nos supone heterosexuales: se da por hecho que alguien es heterosexual «hasta que se demuestre lo contrario». Esto se denomina «presunción universal de la heterosexualidad».

Y, así, asumimos que nuestros niños y niñas, nuestros adolescentes, son heterosexuales y les preguntamos como tal.

Por eso, cuando una persona empieza a darse cuenta de que es homosexual (o bisexual, o cualquier otra orientación sexual con la que se identifique) y no encaja en esa «heteronormalidad» de la sociedad, tiende a ocultarlo por miedo al rechazo y a la discriminación.

Es muy necesario, por tanto, crear un clima de apoyo y confianza con nuestros hijos, sobrinos, primos, etc., para que no escondan su orientación sexual y la vivan de manera positiva.

Falsas creencias

Tengamos tres cosas claras:

  1. No elegimos nuestra orientación sexual.
  2. La orientación sexual no se transmite.
  3. Ignorar la diversidad sexual no la hace desaparecer.

Normalmente madres y padres no suelen plantearse la posibilidad de que su hijo o hija pueda ser gay, lesbiana, bisexual, etcétera (hola, presunción universal de la heterosexualidad). Y, a menudo, todavía hoy, supone un duro golpe enterarse de que lo son. Muchos padres y madres (mucha gente, en general) tienen la creencia, basada en una idea falsa, de que ser homosexual es una decisión consciente; de que quizá es, incluso, una elección tomada para rebelarse, fastidiar o herirlos.

Por supuesto, no es así.

Repito: no elegimos nuestra orientación sexual. Los homosexuales/bisexuales/etc. no eligen serlo, de la misma manera que no lo hacen los heterosexuales.

Tampoco se transmite. Hay quien piensa que niños o niñas cuyos padres son homosexuales también lo van a ser porque «lo han visto en casa» o «lo llevan en la sangre». Dos cositas. Primera: si esto ocurre, ¿qué pasa? Absolutamente nada. Y segunda: ¿cómo se explica entonces que homosexuales criados por padres heterosexuales no lo sean? ¡La orientación sexual no se transmite!

También hay personas que optan por ignorar esta realidad: «si no hablamos de ello, ¡no existe!». Creen que no hablar a sus hijos sobre diversidad sexual, sobre la posibilidad de que les pueda gustar alguien de su mismo sexo, es una manera segura de que los críos sean heterosexuales. Me remito a lo dicho al principio del artículo: la educación es vital.

¿Qué me importa a mí si al de al lado le gusta una persona u otra? De verdad, ¿qué nos importa? Que cada uno se sienta atraído, se enamore, se acueste con y de quien le apetezca, sin miedo, sin odio, sin vergüenza. Eduquemos sin prejuicios.

Ojalá.

Cintia Fernández Ruiz, autora del post
Imagen: Cory Woodward