Tenemos que hablar sobre (nuestra) salud mental
El 10 de octubre fue el Día Mundial de la Salud Mental, cuyo objetivo es hablar de esas enfermedades o trastornos invisibles. Por ello, subí una foto a Instagram acompañada de un pequeño texto en el que resumía mi experiencia con trastorno de ansiedad, contaba lo bicho raro que me sentía e instaba a hablar de ello, a darle la naturalidad que se merece, a acudir a terapia. La respuesta fue abrumadora, no solo por el cariño que recibí, sino por los mensajes de «A mí también me pasa» de varias personas (más de las que imaginaba).
Una de ellas fue una vieja amiga con la que estudié en la universidad. Vivimos a miles de kilómetros de distancia y nos vemos muy poco, hablamos de vez en cuando, pero es de esas amistades que, aunque pase el tiempo, cuando estamos juntas parece que nos hemos visto el día anterior. También es una de las personas más simpáticas y animadas que conozco, de esas que tienen una sonrisa siempre en la boca. Por eso me sorprendió que me contase que también tenía ansiedad, e incluso inicios de depresión. (También me regañó por no haberle contado lo mío: «Una llamada, Cintia, un mensajito, un wasap…»).
¿A dónde intento llegar con todo esto? A que no hablamos de ello y muchas veces la persona que tenemos al lado está igual que tú. ¡O no!, pero quizá ayudamos a otras a comprendernos mejor o a comprender algo que afecta a muchííísimos de nosotros y de lo que es importante hablar con naturalidad.
Cuando sufres un problema de salud mental tiendes a contarlo como una confesión, mayormente porque nosotros mismos lo vemos como un fallo, algo que podríamos haber evitado, y tenemos miedo de que nos lo echen en cara, que no nos tomen en serio, que nos echen la culpa. ¿No te han dicho alguna vez alguna de estas frase, aunque fuese con toda la intención de ayudar?
- «¡No estés nervioso!».
- «Tú lo que eres es una vaga».
- «Tampoco es para tanto».
- «Con el tiempo se te pasará».
- «Mira que eres rara».
- «Si tuvieras problemas de verdad no tendrías tiempo para eso».
- «¡Relájate! ¡Anímate!».
- «Deja de pensar y sal por ahí, ya verás cómo se te pasa todo».
- «¡Si no tienes razones para quejarte!».
- «¡Pero si lo tienes todo! Parece que te guste estar así».
Podría seguir así y reproducir miles de comentarios, pero coges la idea, ¿verdad?

«Quiero hablar sobre mi salud mental, pero… “Me asusta ser juzgada”. “La gente de mi alrededor no me apoyará o me comprenderá”. “Podría dañar mi carrera”. “No quiero que la gente me tenga lástima”. “Me asusta que esto me defina”».
Todavía hoy en día, decir que acudes a terapia es, para la gente, sinónimo de algo muy negativo, y a casi todo el mundo le viene a la cabeza la imagen de una persona con camisa de fuerza en una habitación con paredes acolchadas. Hay mucho desconocimiento, mucho prejuicio, mucha… tontería.
Por suerte, cada vez más se trata la salud mental en libros de ficción (Mil veces hasta siempre, de John Green), series de televisión (Skam y sus remakes) y películas (El lado bueno de las cosas) (otro día haré una lista de mis favoritos), y personajes públicos hablan abiertamente de ello y facilitan su visibilización y normalización. Selena Gomez, Lady Gaga o la mismísima Vecina Rubia no solo han contado que acuden a terapia, sino que animan a que todo aquel que lo necesite pida ayuda y lo haga:
«A veces no te sientes comprendida y eso duele.
Los problemas grandes necesitan, además de la comprensión de los amigos, la ayuda de un profesional.
En este camino entre darte cuenta del problema y querer solucionarlo, te encuentras con el estigma del “qué dirán”. Y aquí es donde todos podemos ayudar. Ir al psicólogo es necesario y normal. Querer solucionar un problema es más valiente que guardártelo».
Cintia Fernández Ruiz, autora del post
Imágenes: Clem Onojeghuo (cabecera) y crazyheadcomics (ilustración)