+34 942 037 177 psicologa@azucenaaja.es

Blog

Pero… ¿se puede cambiar?

No se puede cambiar lo que no está en nuestra mano y no siempre las cosas cambian al ritmo o de la forma que nos gustaría. Pero, no sólo se puede cambiar cuando uno quiere, sino que el cambio es inevitable.

¿Pero, se puede cambiar? Esta es una cuestión que me plantean constantemente las personas que acuden a la consulta o en los talleres de formación. Suelen hacerlo quienes consideran que a una determinada edad no se puede cambiar o quien lleva tiempo tratando de cambiar algo del entorno o a otras personas. No se puede cambiar lo que no está en nuestra mano y no siempre las cosas cambian al ritmo o de la forma que nos gustaría. Pero, no sólo se puede cambiar cuando uno quiere, sino que el cambio es inevitable.

Verdades sobre el cambio

Es constante. Nos guste o no todo cambia y lo hace de forma constante. En ocasiones el cambio se realiza para mejorar la actividad que realizamos, otras veces se genera por la necesidad de adaptarse a cambios externos.

Es necesario. Ninguna persona, grupo o entidad puede permanecer eternamente estática, sea por iniciativa propia o por necesidades del contexto la evolución es continúa, de otra forma nos estancaríamos.

Provoca una reacción. Las oportunidades de crecimiento van de la mano del cambio y esto supone la existencia de riesgos que es preciso correr para obtener a la larga beneficios.

Es impredecible. A la larga los cambios suelen ser para mejor, pero eso supone atravesar un proceso en el que tenemos que afrontar riesgos, desperezarnos de nuestros hábitos y rutinas, movilizarnos a lo desconocido y manejarnos con la incertidumbre. Y todo ello hemos de hacerlo sin saber los resultados finales.

No todas las personas nos adaptamos por igual al cambio. Existen  diferentes ritmos y necesidades en función del tiempo que llevemos haciendo la misma tarea, nuestros objetivos, necesidades personales, experiencias previas, etc.

Quien se ha llevado mi queso. Erase una vez dos hombrecitos y dos ratones atrapados en un laberinto. Buscaban día y noche un queso para poder comer. Un buen día lo encontraron en un lugar del laberinto. Todos quedaron sorprendidos ya que era un cuarto repleto de queso. Todos lo días los ratones y los hombrecitos se levantaban temprano para ir a saborear el rico queso. Pero cada día los dos hombrecitos se iban quedando atrás de los ratones, se levantaban mas tarde porque creían que el queso les iba a durar para siempre. Un día se dieron cuenta de que el queso había desaparecido. Los ratones rápidamente se fueron en busca de otro cuarto que tuviera el mismo queso. En cambio los hombrecitos no lo podían creer. Estuvieron un buen rato pensando en quien o como desapareció el queso. Hasta dudaban de los ratones. Pasaban los días y los hombrecitos cada vez se debilitaban más. Hasta que un día uno de ellos decidió seguir adelante en busca de nuevo queso. Y el otro decidió quedarse porque no quería aceptar la realidad. Tras una larga búsqueda por fin encontró el cuarto relleno de queso y también a los ratones que ya llevaban allí un buen de tiempo. A veces pensaba en su amigo ¿Se habría quedado en aquel cuarto? o decidiría cambiar para buscar nuevo queso. El hombrecito aprendió la lección, iba verificando a diario el queso, si ya había poco o cuanto había, si se iba enmoheciendo. Y cada día se iba a recorrer mas allá del laberinto para saber donde había mas queso.

¿Cómo vivimos las personas los cambios?

“Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo…, del miedo al cambio”. Octavio Paz

“No avanzar, permanecer donde estamos, retroceder, en otras palabras, apoyarnos en lo que tenemos, es muy tentador, porque sabemos lo que tenemos; podemos aferrarnos y sentirnos seguros en ello. Sentimos miedo, y en consecuencia evitamos dar un paso hacia lo desconocido, hacia lo incierto; porque, desde luego, aunque dar un paso no nos parece peligroso después de darlo, antes de hacerlo nos parecen muy peligrosos los aspectos desconocidos, y por ello nos causan temor. Sólo lo viejo, lo conocido, es seguro o así parece. Cada paso nuevo encierra el peligro de fracasar, y esta es una de las razones por las que se teme a la libertad”. Erich Fromm

Fernando Sánchez Salinero en su libro “Es un cambio estructural” presenta las siete actitudes más frecuentes ante el cambio.

La negación. ¡Es imposible que eso sea verdad!

Es la postura de los hombrecitos cuando se encontraron con el depósito de queso vacío. Esto no puede ser, seguro que se han equivocado. No puede estar pasando. La negación supone un mecanismo de defensa para adaptarnos al cambio, pero es necesario que esté limitado en el tiempo.

La inmovilización. No sé qué hacer, no sé dónde ir, ¡Me he bloqueado!

Cuando se empieza a aceptar la situación hay personas que se bloquean. Esta respuesta también forma parte de nuestro equipaje básico de afrontamiento. Ante algo que me da miedo la respuesta natural es atacar o huir. El bloqueo es una estrategia de huida.

Minimizacion. Es verdad lo que dices pero no es para tanto.

Superada la fase de bloqueo puede aparecer esta etapa de minimizar lo que está ocurriendo.

La ira. ¡No es justo! ¿Por qué me tiene que pasar esto a mi?

Algunas personas parecen haber interiorizado la creencia de que “la vida es justa” y cuando sucede algo que consideran injusto se llenan de enfado y frustración “porque esto no debería estar ocurriendo” al menos “no debería estar pasándome a mí”. Es natural que ante los obstáculos que nos vamos encontrando reaccionemos con irritación y enfado. estas emociones nos proporcionan la energía necesaria para afrontarlos y superarlos. Lo que resulta perjudicial desde la actitud de “por qué a mí” es canalizar todo el enfado y frustración en forma de queja y victimismo.

Culpabilización. Cuando encuentre al responsable de esto me lo cargo.

Es la actitud de buscar al responsable de los cambios para culparle de lo sucedido. Evidentemente algunos cambios se deben a errores o mala gestión de algunas personas y no está demás depurar responsabilidades involucrándonos en los diferentes mecanismos de lucha que puede haber para este fin. Lo que sucede es que una vez el cambio se ha producido no sirve de nada buscar al culpable para quejarnos, de todas formas tendremos que enfrentarnos a la situación y cuanto antes veamos la realidad mejor nos adaptaremos.

Depresión 

En el proceso de aceptación de la situación la tristeza aparece porque cualquier cambio supone dejar atrás aquello que es conocido y muchas veces querido, cuando todavía no sabemos lo que está por aparecer.

Aceptar la realidad

Es la etapa a la que se suele llegar cuando hemos recorrido el camino de la adaptación al cambio.

¿Por qué y para qué cambiar? El sentido del cambio

La mayoría de la gente está semidespierta, semidormida, y no advierte que la mayor parte de lo que cree verdadero y evidente es una ilusión producida por la influencia sugestiva del mundo social en que vive”. Erich Fromm

En la actualidad la adaptación al cambio se ha convertido en un recurso inestimable dado que vivimos en una sociedad que va a toda velocidad. Lo cierto es que genéticamente estamos predispuestos al cambio. La naturaleza nos dotó de una capacidad de adaptación al cambio como recurso de supervivencia. A lo largo de nuestra historia ha habido cambios que se han producido rápidamente y otros tardaron siglos, pero todo ha estado en constante evolución desde el principio de los tiempos. Desde un punto de vista evolutivo el que mejor logra la adaptación al cambio es el que sobrevive y transmite sus genes.

¿Qué nos puede ayudar al cambio?

Buscar el sentido

Viktor Frankl fue un psiquiatra judio que estuvo varios años prisionero en el Campo de concentración de Auswicht. Observó una diferencia entre los prisioneros que sobrevivian y los que morían. Los primeros no eran los más fuertes, ni los más inteligentes. Sobrevivian con más probabilidad los que tenian una razón última para vivir. Volver a encontrarse con su familia, contar lo que allí estaba pasando, ayudar a los compañeros, etc.

“… Las experiencias de la vida en un campo [de concentración] demuestran que el hombre mantiene su capacidad de elección. … El hombre puede conservar un reducto de libertad espiritual, de indepencencia mental, incluso de aquellos crueles estados de tensión psíquica y de indigencia física.

Los supervivientes de los campos de concentración aún recordamos a algunos hombres que visitaban los barracones consolando a los demás y ofreciéndoles su único mendrugo de pan. Quizá no fuesen muchos, pero esos pocos representaban una muestra irrefutable de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas – la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino – para decidir su propio camino”. (Viktor Frankl, 2004, El hombre en busca de sentido. Herder: Barcelona. pp. 90).

Tener clara la finalidad ayuda en la búsqueda de sentido.

Dos picapedreros estaban trabajando en un gran bloque de granito. Un visitante preguntó: ¿Qué están haciendo? El primer picapedrero murmuró malhumorado: -“Estoy cortando esta maldita piedra”. El segundo que parecía disfrutar con su trabajo dijo: “Formo parte de un equipo que está construyendo una catedral”

Conocer la finalidad de nuestro trabajo ayuda a mantener la motivación en el mismo.

Aceptar las emociones

Como se dice habitualmente todo cambio conlleva una crisis y una oportunidad, es natural que en el proceso surjan emociones como la tristeza, ansiedad o frustración, todas ellas nos ayudan a enfrentarnos a la situación de cambio. Reconocerlas, tomarlas como señales de aviso y utilizar la información que nos proporcionan es clave para transitar por el proceso.

Clarificar los beneficios del cambio

En un primer momento no tendremos apenas beneficios, sino que nos sentiremos inmersos en la incertidumbre, con dudas y el temor de que las cosas no salgan como queremos. A la larga los cambios suelen ser para mejor, aunque no consigamos o fracasemos en el intento siempre hay una experiencia que obtenemos y que nos puede ser muy útil para enfrentar nuevos cambios o ganar experiencia. Conviene pararnos un momento para escribir o reflexionar sobre los posibles beneficios que tiene el cambio que vamos a hacer. De esta forma cuando flaqueemos  en el camino podemos mirar esa lista y persistir en el intento.

Clarificar los costes de no cambiar

También conviene dedicar un poco de atención a los costes que tiene no cambiar porque a veces nos que damos “con lo malo conocido” simplemente por que “es conocido” y ya sabemos a lo que atenernos. Estamos adaptados y no nos parece tan malo. Sólo cuando el cambio se ha producido podemos darnos cuenta.

Reducir los factores externos de estrés

La respuesta de estrés emerge cuando acontece algo que percibimos como una amenaza y, al mismo tiempo, sentimos que carecemos de recursos para hacerle frente. Buscar la forma de contactar y potenciar nuestros recursos para disminuir la percepción de amenaza es clave.

Romper con el pasado. Es imposible caminar hacia adelante mirando para atrás y además si hacemos esto no podremos darle la bienvenida a lo novedoso.

Buscar apoyo en los demás. 

Ayudarte a ti mismo. Date el tiempo necesario.

Aceptar la necesidad de seguir adelante. Una vez que el cambio ocurra nada volverá a ser como antes. Será más fácil avanzar si nos centramos en los beneficios del cambio.

¿Huyo o afronto?

Huir o escapar de aquello que nos angustia en un primer momento nos genera alivio y disminuye nuestra angustia. Efectivamente, el miedo nos protege. Esto es válido en situaciones de peligro. ¿Qué ocurre cuando huimos de situaciones que nos importan? Ese mismo miedo nos impide disfrutar de nuevas experiencias en la vida. Nos bloquea. El agobio, el malestar son adaptativos si sabemos escuchar lo que nos señalan: nuestra necesidad de cambiar aspectos de nuestras vidas.

¿Te identificas con alguno de estos estilos de afrontamiento?
  • EL CRÍTICO: “Soy un inútil…”
  • EL VICTIMISTA: “Pobrecito de mi…”
  • EL PERFECCIONISTA: “Tengo que…”
  • EL PREOCUPADO: “Y si…”
  • APRENDIZ: A ver que puedo aprender”

Ante una misma fuente de estrés yo puedo hacer cosas distintas. Por ejemplo: ¿Qué hago ante un atasco? puedo comenzar a tocar el claxon y maldecir en que hora me he metido por esta calle (me activo más, aumento el nivel de estrés) o puedo poner mi atención a la respiración, centrándome en el momento presente o poner la radio, escuchar música, mirar el paisaje, …(no retroalimento mi activación). La queja continua es un modo de evitación que inhibe la aceptación de las cosas tal cual son y limita nuestros recursos de afrontamiento.