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Decepcionar

El chico que no quería decepcionar

El chico que nunca decepcionaba a los demás ponía todo su empeño e incluso actuaba, a veces, en contra de sus propias ideas, por miedo a perder la aceptación de los otros, por decepcionarlos. Se esforzaba un montón, gastaba muchas energías en ello, le daba miles de vueltas y buscaba la opción que contentase a los demás. Llevaba años siguiendo esta mecánica.

A veces, era más fácil así. Evitaba enfrentamientos, desilusiones, enfados.

Pero no siempre acertaba. En realidad, casi nunca acertaba. De una forma u otra, alguien acababa decepcionado con él, con lo que hacía, con lo que no hacía, con lo que decía, con lo que no decía. Hiciese lo que hiciese, actuase como actuase, alguien ¡siempre! acababa decepcionado, por mucho que el chico se esforzase por evitarlo.

Siempre, también, era él quien terminaba decepcionado consigo mismo.

Y, con cada nueva experiencia en la que actuaba según lo que creía que otros querían, se perdía un poquito. Se perdía a sí mismo y perdía su vida. Tenía la sensación de que llegaría el día en que ya no sería nadie porque nadie le vería: dejaría de ser él por completo y desaparecería.

Porque ¿qué clase de vida podía ser esa en la que él no era él? ¿Si no era él mismo, quién era realmente? Una parte de él era lo que su padre quería; otra parte de él era lo que su madre quería; otra parte, lo que su hermano quería; otra, su abuela; otra, su jefe; otra, sus amigos. Era lo que querían los demás, pero no lo que quería él.

Él mismo.

Un día, se despertó con una idea en la cabeza, una sensación que le tiraba del ombligo y le obligaba a moverse, a cambiar, a no postergar más lo que desde hacía tanto tiempo quería hacer. Quería actuar según su criterio, sus pensamientos, sus opiniones. Quería dejar de vivir en su cabeza y pasar a la acción. Al fin y al cabo, «eres lo que haces, no lo que dices que vas a hacer». Tenía que mover el culo. Tenía que cambiar. Tenía que romper con ello.

Tenía que quitarse ese peso de encima.

Para empezar, trató de aceptar no solo que, hiciese lo que hiciese, como había comprobado en múltiples ocasiones, siempre iba a decepcionar a alguien, sino que la vida seguía. Trató de aceptar no solo que, hiciese lo que hiciese, por muy buenas que fuesen sus intenciones, sus acciones siempre iban a afectar a alguien, sino que era algo natural e inevitable. ¡Y la vida seguía!

Cada persona llevaba en su mochila unas circunstancias, pensamientos, experiencias, cultura diferentes y, por ello, nadie pensaba exactamente igual a otro. Por eso, alguien, a cada ocasión, rebatiría su opinión, criticaría su actuación. Pero ¿y qué? Tenía que ser él mismo.

Así que lo hizo. Empezó a ser él mismo.

Y, desde el primer momento que abrió la boca y soltó su opinión, fue liberador. También abrumador y terrorífico y vergonzoso, pero, sobre todo, satisfactorio. Notaba un nudo en el estómago con las caras largas de aquellas personas que, directamente, estaba decepcionando con sus palabras o sus acciones pero, bien pensado, no eran unas caras largas diferentes a las que conocía. Ya las había visto cuando trataba de no decepcionar. Ahora también lo hacía, pero, al menos, estaba en paz.

Vivía su vida y era asombroso, incluso mágico. ¿Así se sentía el resto del mundo, con esa pertenencia sobre sí mismo?
Cintia Fernández Ruiz, autora del post
Imagen: Yoad Shejtman