Mi experiencia con trastorno de ansiedad y el «sentido arácnido» defectuoso
Déjame que coja una taza de té caliente, me ponga cómoda y aclare algunos conceptos antes de contarte una historia personal.
La ansiedad es una respuesta anticipatoria y automática que nos prepara para enfrentarnos a una amenaza futura. Casi todos, en algún momento de nuestra vida, la hemos sentido ante hechos que nos inquietan, como la enfermedad de un ser querido, problemas económicos, etc., que nos obligan a pensar en ese gran «qué pasará».
Por tanto, la ansiedad es una reacción sana cuando nos ayuda a enfrentarnos a una amenaza real.
Hasta aquí todo bien.
El problema surge cuando esas inquietudes por el futuro, por lo que pueda ocurrir, son excesivas o irreales; empiezas a preocuparte y a sentirte amenazado casi por cualquier cosa, trastoca tu vida y te hace infeliz.
Entonces surge el trastorno de ansiedad.
¿Recuerdas el sentido arácnido de Spiderman? Pues tener un trastorno de ansiedad es como tener este sentido arácnido roto: te advierte constantemente de un peligro inexistente.
Yo no le puse nombre a Lo Que Me Pasaba hasta que acudí por primera vez a terapia. Acababa de renunciar a un trabajo por una profunda incompatibilidad con mi jefe y aquello fue el detonante para decidirme a buscar ayuda. Esa primera psicóloga puso nombre a lo que me ocurría desde hace años, y el simple hecho de nombrarlo fue como una palmada en la espalda, un paso adelante. «Esto es lo que te pasa, ahora trabajemos en ello».
Viajar al futuro
Si tienes un trastorno de ansiedad, seguro que estás familiarizado con estas dos (puñeteras) palabras: «Y si». Tan pequeñas y tan capaces de encerrar nuestros mayores miedos. Con ellas, y en cuestión de segundos, mi cabeza alcanza la velocidad de una lavadora en pleno centrifugado y me manda miles de hipótesis: y si me pongo mal del estómago, y si me encuentro mal, y si alguien dice algo sobre mí, y si alguien dice algo que me hace sentir incómoda, y si le ocurre algo malo a mi familia, y si salgo de casa y me ocurre «algo» a mí (así, en general, para abarcarlo todo, por qué no), etc. Mi cabeza se pasa la vida viajando al futuro, cual Marty McFly, pero sin DeLorean, científico excéntrico ni anécdota divertida.
En realidad, todos esos «y sis» me paralizan y, con el tiempo, no me dejan salir de casa. Después de tantos años con un trastorno así, la bola de nieve cada vez se hace más grande. No sé tú, pero yo me convierto en un avestruz: evito los problemas metiendo la cabeza bajo tierra. No veo nada, no hago nada, e intento que desaparezcan solos. ¡Magia! No sé explicar exactamente lo que me ocurre y, a la vez, estoy segura (¡no me lleves la contraria!) de que a nadie le ocurre lo mismo que a mí; por eso, mi familia no se hace una pequeña idea de lo que me pasa, me ve mal pero no tanto como realmente estoy.
Continuamente tengo la sensación de que me cuesta hacer todo más que a los demás. Cualquier cosa, por pequeña que sea, cualquier cosita pequeña del día a día. Hacer una llamada de teléfono, enfrentarme a alguien para dar mi opinión, estar rodeada de gente, la improvisación. Salir a la calle, sobre todo. Vivir.
Me proponen planes, me insisten para que salga y, a veces, esas proposiciones e insistencias se tiñen de enfado, aunque yo sea consciente de que precisamente ese enfado viene de la preocupación. Pero no puedo. No me apetece hacer ninguna de esas cosas porque el miedo lo llena todo y porque, con el tiempo, todo eso que está mal se convierte en apatía. Y en culpa. Mucha culpa.
A veces creo que voy a estar así toda la vida.
Pero ¡sí que quiero hacer un montón de cosas! Quiero viajar, tatuarme, conocer gente, tener mi propio apartamento, escribir mucho, ser libre, sentirme libre para hacer lo que quiero a pesar de esa vocecita en la cabeza (el dichoso miedo) que me frena.
Sentirte identificado
Debería haberlo advertido al principio del artículo: no traía una solución mágica, pero sí mi experiencia que, ojalá, llegue a alguien que se sienta identificado. Porque, sí, le pasa a más gente, aunque a veces me sienta sola y crea que no, que solo me pasa a mí.
Hoy en día trabajo en ello, en equilibrar ese sentido arácnido que, como te decía más arriba, tengo defectuoso. Y poquito a poco, aunque a veces me parezcan pasos de tortuga, voy aprendiendo a manejarlo, a plantar los pies en el presente y dejar las adivinaciones del futuro para las pitonisas.
Cintia Fernández Ruiz, autora del post
Imagen: Nicolas Picard