Me ha tocado el premio gordo: introversión y timidez
Durante mucho tiempo tomé como sinónimos introversión y timidez. Pensaba que eran lo mismo y que podían utilizarse indistintamente, hasta que leí El poder de los introvertidos en un mundo incapaz de callarse, de Susan Cain, y me aclaró el significado de estos dos conceptos.
Así, mientras que la introversión consiste en «la preferencia de entornos que no estén excesivamente cargados de estímulos», la timidez es «el miedo a la desaprobación social o a la humillación».
Como ves, hay una gran diferencia entre ellos, aunque a menudo tendemos a confundirlos. Por eso, una persona puede ser introvertida y no tímida, y viceversa. Aunque, a menudo también, introversión y timidez van de la mano. Hay a quienes nos ha tocado el premio gordo y ¡contamos con estas dos características! ¡Bieeen!
Ay.
A poco que mires a tu alrededor, podrás darte cuenta de que vivimos en una sociedad que aplaude y premia a la persona extrovertida. ¿Cuántas veces has deseado serlo? Yo te confieso que muchas, hasta que, poco a poco, he aceptado mi introversión como un rasgo más de mi personalidad y me he dado cuenta de todo lo que me aporta.
Rincón reconstituyente
A las personas introvertidas nos gusta pasar tiempo a solas y dedicarnos a tareas como leer, escribir, o simplemente disfrutar de nuestra música favorita en un entorno tranquilo, libre de demasiados estímulos. Estar con más gente durante un largo rato nos agota mentalmente, nos descarga las pilas y, tras una reunión de amigos (por ejemplo), necesitamos volver a nuestro «rincón reconstituyente» para descansar.
Ojo, todo esto no significa que no nos guste estar con otras personas, salir y relacionarnos, sino que somos más sensibles a, como decía más arriba, entornos cargados de estímulos. Ante todo, recuerda respetar tu necesidad de soledad pero también la necesidad de compañía que tienen otros.
Timidez = miedo
El elemento fundamental de la timidez es, sí, efectivamente: el miedo. Miedo a perder o no lograr esa aprobación social que, la mayoría de nosotros, buscamos; a ser juzgados, a sentirnos humillados. Por eso, como estrategia (chapucera) contra el miedo, tendemos a evitar los grupos, las grandes reuniones, los desconocidos o situaciones en las que tenemos que hablar con otras personas.
Una cosa tienes que tener clara: la timidez es un miedo más.
Lo que ocurre es que solemos hablar sobre ella en términos absolutos: «Soy tímido», «esa persona es tímida», como si fuese algo que nos viene dado genéticamente y que no podemos cambiar. Y no. Azucena tuvo que hacerme comprender esto: yo no soy tímida, yo no soy mis miedos, yo no soy mi trastorno, yo no soy mi enfermedad. Yo no soy así y ya está; en realidad, decir y pensar eso es una manera de acomodarme, una forma de tener la conciencia tranquila: «soy así y, vaya, no puedo hacer nada». ¡No!, ¡no soy así! No está en mis genes, no es algo intrínsecamente mío, sino que actúo de determinada manera guiada por el miedo. Pero puedo aprender y actuar diferente.
Es decir, que tenemos dos opciones: hacer caso a esos pensamientos de timidez, sucumbir y retraernos, o ACTUAR. Recuerda: TÚ decides si hacer caso o no a esos pensamientos, TÚ eres quien elige cómo actuar.
Ante una de esas situaciones que te producen miedo, te darás cuenta de esos pensamientos y sentimientos, está claro, los notarás, pero el «truco» es hacerles hueco (o imaginarte que los cargas bajo el brazo) y moverte. En mi caso, moverme y actuar pasa por decir lo que pienso, dar mis opiniones, hablar con gente, mostrarme, captar la atención de otros, A PESAR del miedo.
Que nos dejemos vencer o no por la timidez (o cualquier otro miedo), en la mayoría de los casos viene dado por lo que vayamos a conseguir o la motivación que haya detrás. ¿Mi motivación? Ser la Cintia auténtica, la que quiero que vean los demás.
Interpreta tu papel
Por suerte, esas inseguridades y miedos que causan nuestra timidez se pueden trabajar. Lo importante es que, precisamente esas inseguridades y miedos, no nos callen, no nos encierren en casa, no nos venzan. Otro truco que a veces puede ayudar: ¡fingir durante un rato! Piensa: «¿Qué haría yo en este momento siendo la María/Pedro/Lucía auténtica?», e intenta hacerlo como si fueses una actriz o actor interpretando un papel. Tu papel: te estás interpretando a ti mismo. Con el tiempo, además, costará menos.
Introvertido o no, con timidez o no, puede que, como a mí, te ayuden estos maravillosos consejos que Susan Cain narra en su libro:
«Dedique su tiempo libre a lo que desee, y no a lo que cree que se espera de usted. Quédese en casa en Nochevieja si lo prefiere. Sáltese las reuniones que hagan falta. Cámbiese de acera para evitar tener que entablar diálogos irrelevantes con conocidos. Lea. Guise. Corra. Escriba un relato. Pacte consigo mismo asistir a un número determinado de actos sociales a cambio de no sentirse culpable cuando decline una invitación.
Si sus hijos son callados, ayúdalos a congraciarse con nuevas situaciones y gentes nuevas; pero, por encima de todo, deje que sean ellos mismos».
Cintia Fernández Ruiz, autora del post
Imagen: Larm Rmah