Lo que no te cuentan de acudir a terapia
Hace unos días una buena amiga me contó que iba a comenzar a acudir a terapia. Yo soy de esa clase de personas que se alegra de cuando alguien hace terapia, no porque me regodee en los problemas de los demás, sino porque parece que, cada vez más, la gente empieza a preocuparse por su salud mental y a tomar medidas para ayudarse a sí mismo.
Además de alegrarme por ella, también me hizo pensar. Pensé en esas cosas que solo comprendes cuando llevas un tiempo viéndote con tu terapeuta y que no te cuenta nadie, y mucho menos las películas.
Porque, ojo, hacer terapia no es, para nada, como lo pintan en las pelis. En ellas, en cuanto el protagonista reconoce que tiene un problema y accede a ir a terapia, parece que todo se ha resuelto y fin del conflicto. Quizá vemos una conversación o dos con el psicólogo o psiquiatra y después nos enseñan un carrusel de imágenes con una bonita música de fondo. En ese intervalo, el protagonista ya ha resuelto todos sus problemas, ya ha encaminado su vida. Milagro, milagro.
La realidad es que habrá veces que salgas de la consulta muy resoluta y pierdas precisamente esa resolución y valentía al abandonar el portal. Habrá veces que creas que vas por el buen camino y que hagas cosas en la dirección correcta. Habrá veces que valores la posibilidad de abandonar la terapia porque no ves avances y no quieres perder tiempo, dinero, o hacérselo perder a los demás. Habrá veces que des un paso adelante y la semana siguiente tres hacia atrás. Que subas subas subas y bajes bajes bajes. Que des tumbos. Que te muevas como en una montaña rusa, incluso con alguna vuelta hasta ponerte boca abajo.
Puede que te cueste encontrar a aquel psicoterapeuta con el que encajes (yo tuve que ir a dos hasta, en la tercera, encontrar a la que necesitaba). Puede que llegues a la consulta bastante animado y salgas desinflado como un globo. Puede que incluso te enfades con tu psicólogo y creas que no te entiende (aunque la mayoría de las veces ese cabreo vendrá porque te dirá cosas que no quieres escuchar). Puede que durante la sesión de terapia llores por cosas que hasta a ti mismo te sorprendan. Puede que digas cosas en voz alta que hasta a ti mismo te sorprendan. Puede que descubras cosas sobre ti mismo que hasta a ti mismo te sorprendan.
Quizá, una vez más, pienses en abandonar. Quizá, incluso, abandones durante una temporada. Quizá termines y tengas que volver a empezar. Quizá no sea como esperabas. Quizá tú no seas como pensabas.
A mí me ha pasado. Todo lo anterior.
Así que:
Recuerda (1): la terapia es una carrera de fondo, una travesía a largo plazo, kilómetros y kilómetros y kilómetros. Una aventura a través de bosques y montañas y desiertos y ciudades, con una mochila a la espalda más grande que tú, botas que hacen daño, ampollas en los pies, calor abrasador unas veces y lluvia plomiza otras. Hay que echarle mucha paciencia y constancia, y el paisaje, de vez en cuando, merecerá la pena.
Recuerda (2): ni la terapia ni el psicólogo de turno son mágicos. Tienes que trabajar, esforzarte y poner mucho de tu parte. Hacer cosas que escuecen pero que, a la larga, te vienen bien aunque en su momento creas que no vale la pena, que mejor quedarme como estoy para no enfrentarme a las cosas. Tienes que hacer las cosas tú, tú, tú.
¿Preparado? ¿No?
Allá vas. Allá vamos.
Cintia Fernández Ruiz, autora del post
Imagen: Holly Mandarich