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lo que te pasa a ti le pasa a más personas, que no estás solo, que otros como tú estamos aquí.

«Esto solo me pasa a mí»… ¡No!

\«¡¡No he visto casa igual!!». Mi madre repetía esta frase a menudo, hace años, cuando mis hermanos y yo dejábamos tirados nuestros trastos por cualquier parte. Creía que nuestra casa era la más desordenada del mundo y que, por el contrario, las de los demás estaban siempre inmaculadas. Con el tiempo, y hablándolo con amigas, me he dado cuenta de que sus madres les decían lo mismo.

En muchas ocasiones, cuando tenemos un problema de salud mental (depresión, trastorno de ansiedad, bipolaridad… ¡el que sea!) nos ocurre algo parecido. Pensamos: «Esto solo me pasa a mí».

El otro día conversaba con Azucena de esto, y de que ella, por sus circunstancias profesionales, escuchaba a menudo la mencionada sentencia: «Es que solo me pasa a mí», y cada una de las personas que se lo decimos lo creemos de verdad.

Cuando tenemos una reacción/pensamiento/afección propios de nuestro problema de salud mental, tendemos a machacarnos a nosotros mismos por no ser «normales» (ay, la sobrevalorada normalidad); nos sentimos bichos raros y pensamos en la facilidad que tienen los demás, a diferencia de nosotros, para vivir.

Y es que, los seres humanos, por naturaleza, buscamos la aceptación dentro del grupo. A casi todos nos gusta sentirnos identificados con otras personas, reconocernos en otros, que nos comprendan. Buscamos, necesitamos, personas como nosotros; que entiendan por lo que estamos pasando; a las que podamos decir, citando a C. S. Lewis: «¿Tú también? Creí que era el único», para sentirnos menos solos, menos raros.

¿Y a dónde quiero llegar con todo esto? A que esas reacciones/pensamientos/afecciones que tienes ¡también las tienen otros!; quizá no sean iguales al 100 % (al fin y al cabo, cada persona es diferente), pero sí muy muy parecidas. Lo que ocurre es que nosotros no lo sabemos porque, por lo general, no se lo contamos a los demás. O no todo, al menos.

Hace un par de días, por ejemplo, pasé una mañana bastante mala. Por la tarde, en el curso de escritura en el que participo, el profesor y mis compañeros iban a opinar sobre un cuento que yo había escrito. Para mí eso suponía ser juzgada por otros, hablar en público y ser el centro de atención durante un buen rato. Hasta que llegó el momento, estuve nerviosísima, con el estómago revuelto, pensamientos catastrofistas y un machaque continuo a mí misma… Pero estoy casi segura de que ninguno de mis compañeros, viéndome allí charlar con ellos de nimiedades, podía adivinar lo que yo había sufrido durante horas hasta llegar a clase.

Porque sí, podemos tratar de ponernos en el lugar del otro, pero al final solo vemos una parte, solo vemos sus acciones. No podemos meternos dentro de esa persona y ver cómo se siente de verdad, solo captamos una parte de ella. ¿Acaso tienes un superpoder que te permite, de manera literal, ponerte en el lugar del otro y notar qué siente y pensar lo que piensa? ¡No! Puedes tirar de empatía o ser muy observador, nada más.

Por eso, déjame volver a decirte, recordarte, apuntártelo en la mano para que no se te olvide, que lo que te pasa a ti le pasa a más personas, que no estás solo, que otros como tú estamos aquí.
Cintia Fernández Ruiz, autora del post
Imagen: Sasha Freemind