A falta de un motivo…
A falta de un motivo me sentía incapaz de subir ese Pico.
El Pico Arriel en el Pirineo aragonés estaba en la ruta que mi compañero me había propuesto para ese día. Primero haríamos el Petit Arriel (2.683 m) y después el Pico Arriel (2.824m) situado justo al lado. Cuando le pregunté si había algún paso difícil (para mí) me dijo que no especialmente, quizá los últimos metros del primero tendría que utilizar las manos para trepar y el segundo tenia un paso aéreo que no describían como complicado. Estos datos fueron suficientes para que mi mente se activara y si bien disfruté de la primera parte de la ruta por el bosque, según me iba acercando a las moles de piedra una cierta ansiedad se fue apoderando de mí. Para quitarme tensión y disminuir el miedo me dije que a la cumbre del Arriel no subía. No se me había perdido nada ahí “¿Qué necesidad de sufrir innecesariamente cuando se trata de salir a la montaña a disfrutar?” me decía a mi misma por el camino. Seguí caminando y disfrutando de las maravillosas vistas del Pirineo, siempre tan imponentes.
Finalmente llegamos al Petit Arriel y comenzamos a subirle. No tiene ninguna dificultad realmente y sin embargo a mi “cabeza” le da igual, se activa dentro de mí una sensación de vacío e intranquilidad que siempre experimento en la altura (acrofobia se llama, un miedo incontrolable que algunas personas tenemos en la altura) como si estuviera ascendiendo el mismísimo Everest. Los últimos metros requirieron un poco de manos y atención y casi sin darnos cuenta llegamos a la cumbre. Que maravilla encontrarse ante esa inmensidad. Resulta indescriptible la sensación de una cumbre que permite disfrutar de tantas otras, ver los perfiles de montañas recortadas en el horizonte, el color del cielo en una gama inmensa de azules, la naturaleza exuberante y el silencio.
A mi mente le importa bien poco la belleza del paisaje y lo único que me pide en ese momento es bajar. “Si, muy bonito, pero esto es peligroso, también se disfruta abajo” es la historia que me cuenta. Y mi cuerpo activado por el miedo de lo que me espera a continuación también me manda señales de alarma. No digo nada. Mi compañero disfruta de la cumbre, enumera los Picos que conoce. Piensa en los próximos que le gustaría subir y no voy a ser yo quien le prive de ese instante. Sé que en ese momento es mejor no dejarme llevar por mi mente, ni por las sensaciones que experimento. Me gusta hacer montaña, me gusta caminar con él, quiero seguir haciéndolo mucho tiempo, así que tengo motivos para pasar por esa intranquilidad que produce el miedo a las alturas (No he elegido padecer acrofobia, pero desde luego puedo elegir quedarme sentada en la cumbre disfrutando del paisaje).
Bajamos!
Oímos como algunas personas están descendiendo del Pico Arriel así que puedo ver por dónde se sube y me parece inviable. Desde la base sólo puedo ver una pendiente en la que no parece posible mantenerse de pie. Un camino de piedras zigzaguea hasta perderse en la cumbre y para colmo está el paso aéreo que parece inevitable al final. Si decido quedarme y esperar a que mi compañero vuelva, todo habrá pasado. En el mismo momento que le diga “Vete tú” el miedo me dejará en paz y podré disfrutar del sol, la brisa y hasta un sueñecito tumbada sobre la hierba. También sé que si lo dejo ahí mi miedo crecerá un poco más, tomará terreno y no me dejará fácilmente. Pero no tengo un motivo. No tengo un buen motivo para hacer ese esfuerzo: “¿Para qué me pregunto? No voy a vivir de esto”, “No voy a llegar a ningún sitio, sólo es una afición para disfrutar y pasarlo bien”, “¿Qué sentido tiene que sufra tontamente?”: “Ninguno!” escucho dentro de mí.
Mi compañero me anima, me dice que puedo hacerlo y que puedo quedarme donde quiera y descender otra vez. Le pregunta a unas chicas francesas que bajan en ese momento y en un español muy rudimentario y con bastantes gestos nos dicen que es “poco difícil” y “el paso último se puede rodear y ascender de otra forma”.
¡Está bien! Subo hasta donde lo vea claro. Decido para mí.
Una vez he decidido, el miedo disminuye un poco. Voy ascendiendo y me doy cuenta que como siempre es más difícil verlo desde abajo que según lo vamos haciendo. Me animo. Lo que parecía una pared perpendicular de la que íbamos a rodar como bolos se va convirtiendo en un camino practicable. Mi valentía va subiendo unos puntos y el miedo pierde un poco más de intensidad. Hasta que llegamos al punto en que mi compañero me dice: “cierra los bastones. A partir de aquí hay que utilizar las manos para agarrarse e ir subiendo”.
Otra vez mi cabeza entra en estado de alarma: “¿Para qué vas a seguir subiendo?” “Ha estado bien. Lo has intentado. Que más te da. Qué quieres demostrar. Esto no tiene sentido”. En estos momentos me suelo quedar en silencio, notando una cierta agitación en la respiración y un leve temblor que me recorre de arriba abajo.
¡Y sin un motivo de peso! Sin un motivo que me ayude a encontrar que esas sensaciones desagradables y ese mal rato merece la pena. ¡Lo intento un poco más!
Trepar cuando hay agarres fáciles es divertido. Muy entretenido. Apenas es un 1+ de dificultad según las guías de montaña. Lo he hecho otras veces y sé que a pesar de las sensaciones de activación lo disfruto. Asciendo un poco más. Me doy cuenta de la altura. Vértigo es la palabra que suelo usar para lo que siento en ese momento, aunque en realidad es la acrofobia. A mi cabeza llegan toda clase de pensamientos a cual más catastrófico y también me digo otros para amortiguar “no pasa nada” “hay gente que ha subido y bajado y no les ha pasado nada” “esto es el miedo, ya lo conoces” “mira que tranquilo está (mi compañero)”. La lucha de siempre entre el “angelito y el demonio”.
Sigo subiendo hasta un punto en el que me paro y me siento. ¡Se acabó! ¡Te espero aquí!
“¡Ya está, esto no me lleva a nada!” “¿Pero que necesidad tengo de estar pasándolo mal, por dios”
Mi compañero sigue ascendiendo y me quedo a esperarlo disfrutando de una vista apabullante, inmensa, y muy alta. Por un momento y a pesar de haber decido parar, el miedo está activo. Noto el corazón y una cierta rapidez en los pensamientos que van y vienen por mi cabeza. Me centro en el paisaje.
De pronto aparece un padre con su hijo de unos 11 años. El adulto parece que flota descendiendo por las piedras seguido por el niño que seguramente ya está muy habituado a caminar por el monte. Ante los comentarios del chaval, oigo al padre decirle: “estas piedras son muy sólidas y no se van a caer”. El niño agarrándose con las dos manos y pasando entre ellas le responde que sí, pero que estará más tranquilo más abajo. Le entiendo. El hombre me mira extrañado y me dice que tengo la cumbre a 20 metros. Y justo en ese momento la cabeza de mi compañero aparece por encima de una piedra y me confirma que apenas me quedan unos metros y que puedo hacer el paso aéreo bordeándolo por la derecha.
El tiempo que he pasado sola, sentada, mirando el paisaje, ha sido suficiente para que mi miedo se haya ido a dar una vuelta. Y decido intentarlo porque de pronto me digo que no sólo tengo un motivo. Tengo varios motivos por los que me merece la pena hacer esa cumbre: – la montaña, disfrutarla con mi compañero ahora y todo el tiempo que nos sea posible, no sólo los senderos del bosque, y los caminos que siguen el río, también esas moles de piedra, -quiero saber si realmente puedo y no dejarme llevar de mis pensamientos de “no puedo”, -quiero saber si ese es mi limite o está un poco más adelante, – quiero aprender sobre el miedo, cómo llevarlo y poder ayudar mejor a las personas que vienen a la consulta.
Y tengo una gran curiosidad por conocer hasta dónde soy capaz en la realidad.
Me pongo de pie e inicio de nuevo el ascenso. Busco los agarres, sigo a mi compañero. Avanzo. Vuelvo a notar un leve sentimiento de valentía y el miedo retrocede. Ya no hay marcha atrás. Era verdad que estaba muy cerca de la cumbre y por fin llego al paso aéreo, me decanto por bordearlo y trepar hasta auparme en la última piedra. ¡Estoy en la cumbre! ¡Ha merecido la pena! Mi vista se pierde en la inmensidad de las montañas de los diferentes macizos y valles surcados por arroyos y lagos.
Respiro y abrazo a mi compañero. Sin su ayuda tengo muy claro que no lo hubiera conseguido. Pienso en ese momento en los diferentes lenguajes del amor, mi compañero se expresa maravillosamente con sus acciones de cuidado, sus caricias son “caricias montañeras” y gracias a ellas he podido llegar.
“no es valiente quien no tiene miedo, sino aquel que sabe conquistarlo”
Nelson Mandela.