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Somos libres para elegir

Una decisión, lo cambia todo.

Me dedico a la psicologia así que me gustan las historias de superación y cuando escuché a A contarme la suya no dudé en pedirle que la escribiera. Considero que la mejor ayuda que podemos hacernos las personas es compartir nuestras experiencias, tanto en los momentos malos como en los buenos, y crear un vínculo que nos sirva de apoyo para como dice A encontrar nuestro camino. Compartir la experiencia me parece un gesto de generosidad que no sirve si pretende ser aleccionador, pero que puede resultar muy útil si se deja que quien lo escucha lo tome como ejemplo o apoyo en su proceso. El mal de muchos es consuelo de todos (que no de tontos) sólo cuando uno mismo elige fijarse y tomar como modelo lo que le sucede al otro. Además, le propuse que lo escribiera para darle valor a lo que había hecho en tanto que ella apenas considera que pueda tenerlo.

Considero que tengo mucha suerte de poder dedicarme a la terapia y conocer de esta forma a muchas personas que como A tienen la generosidad de confiar en mí y mostrarme caminos que no he transitado y que me será imposible transitar en una sola vida. Es una suerte para mí escuchar estas historias y aprender. Aprender que por muy difíciles que sean las circunstancias el ser humano encuentra la forma de ejercer su libertad y elegir hacer un cambio de rumbo. Aprender que las personas tienen y tenemos los recursos para realizar ese cambio y situarme en una actitud de humildad de mi propio papel como terapeuta en ese proceso de cambio. Personas como A me ayudan a darme cuenta de que el trabajo importante no es el mío, sino el de la persona que se sienta enfrente de mí y me cuenta su historia. Que nunca puedo andar su camino y que esos pasos son de crucial importancia, mucho más que cualquier cosa que pueda decir o hacer como terapeuta. Me motivan sin embargo a involucrarme y acompañar de la mejor forma que pueda durante ese camino. Me muestran que lo mejor que puedo hacer es confiar en quien tengo delante aún cuando los datos no sean muy halagüeños y ofrecer mi apoyo si lo quiere coger.

Han pasado tantos años, que muchos de mis recuerdos se han desvanecido como el papel de fumar en contacto con el fuego, sin embargo otros permanecen tan nítidos, que si cierro los ojos, aún puedo sentir el sabor de la gota amarga de mi primera raya de coca, deslizándose por mi garganta. Empecé, supongo que como empieza la mayoría, con el alcohol y los porros, tendría unos 14 años, el verano de octavo de E.G.B lo que ahora equivale a 2º de la E.S.O.

A pesar de lo que pueda parecer, siempre fui una niña bastante madura, mi madre tenía una enfermedad terminal, y yo desde bien joven tuve obligaciones en casa, me tocó ver cosas, que la mayoría de mis amigos ni siquiera han visto a día de hoy.

Como cualquier adolescente, me encantaba que llegase el fin de semana, para pillar mis litros y mi china y tirarme la fiesta padre, o al menos, cualquier adolescente del ambiente en el que yo me movía. Los lunes era genial alardear de la borrachera que me había agarrado o de la cachimba que habíamos hecho con aquel porro… Pero pronto esas fiestas se convertirían en anécdotas sin importancia, y mi cuerpo y mi curiosidad me pedirían nuevas sensaciones, lo que sumado a la perdida de mi madre con 15 años, sería una bomba de relojería. La falta de afecto y autoridad, y la incomprensión que sentía del mundo, hicieron que las drogas llenaran el vacío que tenía.

Como bien decía al principio, si cierro mis ojos, puedo sentir esa gota amarga deslizándose por mi garganta…..tenía 15 años, al día siguiente cumplía 16, ¿Que mejor manera de celebrarlo que con una raya de farlopa? Y así lo celebré… Estaba en casa de una amiga, serian las 5:00 o 6:00 de la madrugada, aquel día la fiesta no se había alargado demasiado, de momento… los efectos de los porros invadían la expresión de mi cara, apenas podía abrir los ojos, y mi amiga me dijo… ¿Quieres ponerte una raya? Acepté sin pensarlo dos veces, lo estaba deseando… y aunque aquella raya de coca era tan pequeña como la yema de un dedo fue suficiente para mantenerme despierta hasta el mediodía.

Después de ésta, hubo alguna que otra ocasión en la que pillé 1gr. de farlopa, algo que era tan sencillo como pedir una pizza, pero tampoco era algo que me entusiasmase.Yo quería sensaciones mas fuertes y como era de esperar… las busqué.

Con 16 años, una de mis amigas y yo, empezamos a parar con otras personas, comenzamos a movernos por lo que se conocía como “la fiesta bakaleta” a algunos os sonará familiar, para los que no, consistía en irse de discotecas y bailar al ritmo de las drogas sintéticas con la música bakalao de fondo.

Mi primera pastilla, ni siquiera fue una pastilla entera, recuerdo que estábamos en las fiestas de un pueblo, en una fiesta bakala, mi primera fiesta bakala, y una de mis nuevas amistades me dijo que si quería probar las pastillas, dije que si, y apenas tres segundos después, tenía un trozo de pastilla en la boca, no tuve tiempo de madurar mi respuesta… aunque creo que eso no hubiese cambiado nada, yo quería hacerlo.

Al principio, no sentí nada, pero pasado un rato….empecé a sentirme muy bien, como muy tranquila, como si todo fuese genial… mi pulso estaba acelerado, mi cuerpo algo tenso y mis pupilas dilatadas, pero la verdad es que me sentía genial, con ganas de más y de bailar toda la noche.

Y así empezó todo, una larga e intensa temporada de coqueteo constante con todo tipo de drogas. Me valía todo, todo aquello que me hiciese evadirme de la realidad que vivía. He probado todo, o al menos todo lo que existía en ese momento, y cuando digo todo….es todo.

Me pasé, un par de años, drogándome de manera bastante intensa… no era de las que salía todos los findes… pero un par de fiestas bakaletas al mes… no me las quitaba nadie.
Dicen que de las costumbres se hacen leyes… y este es un gran ejemplo de ello, pues salir de fiesta bakaleta era un ritual, del que no sabíamos comulgar sin nuestra ”hostia sagrada particular”. Durante estos años fui aumentando las dosis, ya no me valía con un trocito de pastilla, ahora era yo la que invitaba a “trocitos”, y aunque nunca consideré que estaba enganchada… no sabía salir de fiesta sin mi arsenal escondido en el sujetador.

Recuerdo aquel coche amarillo, cada fin de semana en la puerta de la discoteca, como si de una plaza reservada se tratase… no hacía falta ser de la secreta para saber a qué se dedicaba….y aunque solíamos ir con los deberes hechos de casa, alguna vez que se nos fue de las manos, tuvimos que coger repuestos… un día ese coche desapareció, no hace falta que explique donde acabó…..Eso era lo de menos, al poco el coche amarillo se había convertido en rojo y nuestros repuestos seguían asegurados….a alguien le importa donde acabó? A mí no me importaba, bueno, ni a mí ni a nadie, porque en este mundo a nadie le importa nada.

No he visto mas amistades interesadas en mi vida como en estos lares, estaba el que tenia pasta e invitaba a la droga, el que conducía y no bebía, que aunque era un poco “raro” y no terminaba de encajar, venía muy bien para volver a casa….o por lo menos bastante mejor que el conductor que si se drogaba. ….. conductor con el que un día tuvimos un buen susto, y aunque la cosa quedó en nada, podría haber sido muy grave….pero quizá si se lo preguntamos a los dueños de los 5 coches que dejamos empotrados unos con otros, después de darnos a la fuga…..igual ellos no lo llamarían “nada”.

Otro recuerdo que me viene a la mente es, el despertar de la discoteca, cuando encendían las luces y comentábamos y nos reíamos de los caretos de la peña……era cuando se veía la cruda realidad, una realidad de la que sin darnos cuenta…..formábamos parte de ella.

También recuerdo como los domingos, teníamos que irnos a algún descampado, playa o lo que fuese a fumar porros como condenadas para contrarrestar los efectos desencajados de las pastillas, con los efectos relajantes del hachís. Los lunes eran terribles, me dolía todo el cuerpo, era como si me hubiesen pegado una paliza, este dolor se debía a la tensión muscular acumulada propiciada por los efectos de las pastillas, el speed, o lo que fuese que hubiese tocado esa noche, además estaba como dormida, no me enteraba de nada, no podía concentrarme en absolutamente nada….eso sin hacer alusión el tiempo que me pasaba sin comer o la cantidad de dinero que me dejaba en esas noches locas.

Con 18 años largos ya, quise alejarme de esta monotonía que me tenía alelada, pues mi vida se limitaba a fumar porros y faltar a clase a diario y comer pastillas y speed el fin de semana. Aquí ya comenzaba a tener algunos de los efectos secundarios de las drogas…. Tenía taquicardias sin ton ni son, irritabilidad, insomnio, falta de concentración…… y muy pocas ganas de hacer nada que no fuese salir de fiesta, y poco a poco y sin darme cuenta, estos efectos secundarios se habían convertido en habituales de mi vida.

Para huir de esta rutina que me tenía absorta de la vida, me marché a trabajar a otra ciudad, cargué con mis libros de texto, y tres intenciones: estudiar las 8 asignaturas que obviamente había suspendido, ahorrar y dejar de drogarme.

Evidentemente, no conseguí ninguna de las tres, pero tengo que reconocer que fue uno de mis mejores veranos, quizá no conseguí mis propuestas premeditadas, pero salir del nido por un tiempo, me hizo madurar y apreciar algunas de las cosas que tenía en mi vida de siempre, porque no todo había sido siempre tan malo.

Una de las semanas de aquel verano, vinieron unas amigas a visitarme, y claro, cargadas con su correspondiente arsenal, el cual, pensado para que nos durara toda la semana….. apenas nos duró 2 días….. y ¿Qué íbamos a hacer el resto de los días? Pues lo que hicimos…..buscarnos la vida para encontrar la droga que fuese, la que fuese….. y a los hechos me remito. Creo recordar que era domingo, y después de una buena fiesta que había acabado con todas nuestras municiones…..buscábamos desesperadamente otra fiesta con la que cerrar la semana. Recuerdo que íbamos caminando por una desértica calle, y desde la lejanía podíamos percibir el aroma de un porro….. sobresalían unos pies a lo lejos, como si alguien estuviese sentado en un portal, y cuanto más nos acercábamos a esos pies…..más intenso era el olor….así que comenzamos a cuchichear….. si había una persona, sentada en un portal a las 3 de la mañana de un domingo y fumando un porro……esa persona sabría donde podíamos conseguir droga.
Nos fuimos acercando, era un chico, de unos treinta y pico, con aspecto desaliñado, nos paramos frente a él y le preguntamos….¿tienes costo? Y nos dijo, No ¿pastillas? No ¿speed? No .¿No tienes nada para vender? No. Y …….¿sabes de alguien? No…..pero si queréis tengo caballo….¿habéis fumado alguna vez en plata? Os invito ¿queréis? Nos miramos unas a otras a los ojos, con una mirada cómplice, que no decía nada y lo decía todo: que sabíamos que sería una primera y única vez, una oportunidad así, no volvería a presentársenos jamás, y que nosotras nunca iríamos a pillar caballo, porque eso era de yonkis, y nosotras no éramos unas yonkis, solo disfrutábamos de la vida. Así que le contestamos….no nunca lo hemos probado, pero nos gustaría….y ni cortas ni perezosas nos fuimos con él, y en ningún momento se nos pasó por la cabeza que pudiese hacernos algo….simplemente nos fiamos de él, pues no era la primera vez que nos íbamos con un desconocido o bueno….un “amigo de fiesta”.

Después de caminar un rato largo, llegamos a su casa, nos sentamos en el salón y él lo preparó todo, ante nuestras atentas e impresionadas miradas. Nos dijo cómo hacerlo y lo hicimos, fumamos en plata.

Nos quedamos un buen rato hablando con él, y ya de día, nos fuimos para mi casa.

Si tengo que ser sincera, ha sido una de las mejores sensaciones de mi vida, mentiría si dijese lo contrario… Pero, si antes de hacerlo tenía claro que sólo sería esa vez,…..lo tuve mucho más claro después, pues no creo que exista nada mas adictivo que esta droga. Hay cosas que solo pasan una vez en la vida y en mi caso, esta fue una de ellas.

Cuando terminó el verano, volví para mi casa, donde todo seguía igual. En mi cabeza seguía la idea de dejar esta vida, así que busqué un trabajo, y esto me alejó un poco de la vida que llevaba, pero sólo un poco….salía cada vez que el trabajo me lo permitía, e incluso cuando no, pues en alguna ocasión he ido a trabajar con los efectos de la fiesta del día anterior.

Respecto a lo de irse con desconocidos, me viene a la mente otro recuerdo, una fiesta que se alargó más de la cuenta……no sé muy bien como, pero acabamos subiéndonos al coche de un desconocido, perdón, un “amigo de fiesta” que nos llevó a un affter, un domingo por la mañana hasta Francia. Dejamos nuestro coche abandonado quien sabe dónde, fiándonos a ojos ciegos de este “amigo de fiesta”….afortunadamente y una vez más, acabó bien. El domingo, ya bien entrada la noche llegué a mi casa, comí techo (alusión que hacíamos a cuando nos metíamos en la cama y no podíamos dormir por los efectos de las drogas) y al día siguiente me fui a trabajar, prácticamente seguía de fiesta…… durante unos años, fui trotando de trabajo en trabajo, cajera, charcutera, limpiadora…..y saliendo todo lo que podía, obviamente la vida que llevaba me hacia incapaz tanto de mantener como de valorar un trabajo.

Recuerdo una conversación, una mañana, cuando volvía de fiesta con un amigo…. Le decía que había cosas que quería hacer en la vida, quería sacarme el bachiller, el carnet de conducir, un trabajo estable….cosas que con esa vida que llevaba, jamás conseguiría, eso lo tenía claro…..estaba atontada de tanta fiesta y tanto porro, mi mente no estaba despejada, así era imposible cumplir cualquier sueño que me propusiera. No obstante, terca de mí, me apunté al instituto sin cambiar mis maneras, y fue aquí cuando me di cuenta de que no podía seguir así.
Mi última fiesta fue decisiva para dar el paso…..tenía 22 años y las personas que me habían “metido en la fiesta” se acercaron una mañana a mi, con cara de sorpresa y me preguntaron que coño había hecho yo anoche, ¿Por qué? pregunté, y ellos me dijeron: eras la persona más drogada de toda la discoteca…..no puedo describir como me sentí….mal, muy mal, cuando por fin había conseguido lo que quería, ser uno más, me había dado cuenta de que ya no quería.

Tenían razón, ese día me había pasado de la raya….. la cantidad de droga que había consumido era tan inhumana, que creo que estoy viva de milagro…..estuve dos días enteros sin dormir, más la noche que me tiré de fiesta, y el martes cuando fui a clase, obviamente el lunes no pude ir, tuve que irme en mitad de una clase cuando el profesor me dijo que vaya cara traía y sentí como mi corazón se me salía por la boca, la taquicardias eran tan fuertes, que realmente creí, que me iba a dar algo. Los días siguientes me sentí muy triste, no fui a clase en toda la semana, me paré a pensar que podía haber perdido mi vida por culpa de la fiesta, pensé en cómo se hubiesen sentido mis amigos, mi hermana, mi padre…..me sentí tan mal y tan culpable, que decidí que esta vez, sí sería la ultima vez, y lo fue.

Durante un tiempo me alejé totalmente de la fiesta, cuando escuchaba bakalao, me ponía supernerviosa, se me aceleraba el corazón, era como si estuviese drogada sin estarlo, era una sensación horrible…..dejé de escuchar esa música un tiempo y de mirar las fotos de fiesta, pues verlas también me incomodaba y me hacia revivir la angustia de aquel día. Yo necesité, y creo que se necesita, un tiempo de duelo para dejar el consumo.

Dos años más tarde dejé de fumar porros, que era la única droga que había consumido durante estos dos años de “reflexión”, así que con 25 años me convertí en una chica sana, empecé a hacer deporte, me saqué el bachiller y un titulo de grado superior, el carnet de conducir y un tiempo después conseguí un buen trabajo, y aunque todo era genial, aun me faltaba algo…..seguía sintiendo un gran vacío en mi interior, pero esta vez no serian las drogas las que lo llenarían, me armé de valor e hice algo que debía haber hecho hacía tiempo, acudir a un psicólogo.

Sinceramente, puedo decir bien alto y orgullosa, que después de dejar la fiesta, es lo mejor que he podido hacer con mi vida. Me ha cambiado por completo. He aprendido a dar importancia a las cosas que valen la pena y a no venirme abajo por las que no. He salido del bucle de autocompasión que vivía y hora me quiero y me valoro más que nunca, me siento feliz y eso se transmite, y la vida lo retorna. Por fin siento que yo, y solo yo, tengo las riendas de mi vida.

Ahora, cuando miro hacia atrás, tengo la sensación de que durante esos años se paró mi vida, que se me escaparon los años, que tuve un paréntesis, que aunque recuerdo con amargura, no cambiaría, porque ahora tengo muy claro lo que no quiero.

Y para acabar, me gustaría hacer una reflexión que creo que resume mi experiencia a la perfección “Nadie encuentra su camino, sin haberse perdido varias veces”.

Me gusta leer que A diga que una de las dos mejores cosas que ha hecho sea venir a terapia. Me hace un regalo cuando lo dice y es muy amable. Soy consciente de que no puedo atribuirme méritos que no son míos. Si le pedí que escribiera su historia también fue porque refleja los puntos básicos del modelo psicológico en el que se fundamenta la Terapia de Aceptación y Compromiso. ¿Cómo se metió en el mundo de las drogas y las fiestas “Bakaletas”? ¿Cómo pudo dejar las drogas y la fiesta que le habían servido hasta ese momento de evasión? ¿Cómo encontró un nuevo sentido vital y pudo sustituir lo único que le había dado algo de sentido en esos años del final de su adolescencia? La historia de A es una historia de valor y de valores.

El malestar es inevitable
Inevitablemente los seres humanos experimentamos malestar y no hay nada que pueda privarnos del dolor inevitable que la vida conlleva. la muerte de un ser querido nos produce una perdida irreparable que necesitamos elaborar para poder seguir viviendo. La sensación de vacío, el sentimiento de pérdida que se produce no es un problema que podamos resolver, ni una enfermedad a tratar con fármacos o curas. Es un dolor inevitable. Un dolor que si estamos dispuestos a sentirlo y atravesarlo quizá nos transforme y nos fortalezca, pero que el modelo cultural actual no favorece en cuanto que nos lleva a una búsqueda de la felicidad como fin último de la existencia. No suele ser fácil vivir y afrontar experiencias dolorosas, menos en etapas críticas de la vida, como la adolescencia. El vacío existencial descrito por Erich Fromm en el Arte de Amar o por Viktor Frankl en muchas de sus Obras, nos crea una fuente de angustia difícilmente digerible. Tomar conciencia de nuestra soledad como individuos, separados inevitablemente de los otros seres nos produce vértigo. Experimentar esa soledad al perder al ser más significativo de nuestra existencia, la madre, y sobre todo cuando sucede de forma tan temprana nos deja huérfanos, desvalidos, atemorizados y rotos. A experimentó ese vacío por partida doble. Su madre había muerto, y su padre doliente por la pérdida de su mujer no estaba disponible. Ella llena de curiosidad y expectación propia de la adolescente que era y con la sensación de no ser importante para nadie, sintiéndose sola e incomprendida se metió de lleno en el mundo ideal que prometen las drogas. Inicialmente drogarse era divertido y muy placentero, le hacia formar parte de algo, sentirse mayor, olvidarse de su duelo, de la angustia y los miedos, de las inseguridades. Los primeros coqueteos con las drogas muestran el camino fácil y directo a la felicidad plena. Al nirvana. Las drogas, cualquier droga, llena vacíos, dan fuerzas, allanan las dificultades, proporcionan amistades, diversión, placer. Las drogas, cualquier droga, muestran el paraíso por un instante para conducir al infierno. Todos los placeres y beneficios que inicialmente se experimentan van tornándose progresivamente en dolor y limitaciones que empobrecen la vida y reducen la libertad como ser humano.

Me estoy refiriendo al uso de las drogas como conducta de evitación del dolor emocional, la angustia o vacío existencial, el duelo, etc. Es decir cuando la persona experimenta una experiencia aversiva que trata de evitar o aliviar mediante una sustancia, aunque a largo plazo las consecuencias que se derivan producen más malestar y sufrimiento. La vida se limita y se reduce a conseguir la sustancia, drogarse para quitarse el “mono”, y superar los momentos de ‘bajón”. Las relaciones familiares y sociales se deterioran. El trabajo o los estudios no se pueden mantener. La vida se para como dice A. “La evitación experiencial tiene lugar cuando una persona no está dispuesta a permanecer en contacto con sus vivencias internas personales (p. e., sensaciones corporales, emociones, pensamientos, recuerdos) y hace lo posible por variar la forma, frecuencia o susceptibilidad situacional de esas vivencias aunque el hacerlo así no sea algo inmediatamente necesario” (Hayes y Wilson 1994). No pretendo transmitir la idea (moralista) de que las drogas son malas para todas las personas. Hay algunas que consiguen utilizarlas como caminos de búsqueda, o que logran realmente hacer un uso recreativo no influyéndoles en otras áreas de su vida, o como vía de creatividad.

Crecer desde los límites
A nos habla de falta de autoridad. En apariencia una situación deseable para cualquier adolescente, tener toda la libertad para hacer lo que le de la gana. Sin embargo, al contrario de lo que pueda parecer, la falta de límites y la posibilidad de hacer lo que a uno le da la gana no es una buena opción en este periodo de la vida. La libertad se activa con las elecciones que realizamos dentro de los limites que nos condicionan. Los adolescentes necesitan de los límites que sus padres puedan ponerles, para poder elegir y experimentar las consecuencias de sus elecciones. Para sentirse queridos y valorados. Para sentir que pertenecen y sentirse integrados. Frente a la fantasía adolescente de poder hacer lo que me da la gana, lo padres que quieren a sus hijos han de representar el difícil papel de ser la autoridad que establece los limites y genera la oportunidad de ejercer la libertad en los vástagos.

La trampa de la felicidad
A desde pequeña había conocido y convivido con la enfermedad incurable de su madre, había convivido con el dolor y las limitaciones, teniendo que asumir determinadas responsabilidades familiares. Sin embargo, lejos de traumatizarla o convertirla en un ser infeliz, estas circunstancias adversas le permitieron crecer y fortalecerse. Probablemente sin esa experiencia no hubiera tenido luego los recursos personales necesarios para pasar por esos años de adiccion y salir por sus propios medios. Muchos padres y madres en la actualidad hacen todo lo posible para ofrecer a sus hijos unas condiciones ideales y retrasarles lo más posible las vivencias dolorosas. Su lema como padres es que “no quiero que me hijo sufra”, y emprenden la labor imposible de allanarles el camino y procurarles la felicidad. Estos padres se encuentran a la edad en la que A enfrentaba sus demonios con unos hijos irresponsables, egoístas e incapaces de pensar en nadie más que en sí mismos y su propio placer; o unos hijos tiranos que exigen seguir manteniendo su situación de privilegio y obtener todo aquello a lo que están acostumbrados sin tener que realizar ninguna tipo de esfuerzo.

La persona es el protagonista de su historia y del cambio de su vida.
Lo destacable en A es que lo hizo sola al pararse a “pensar que podía haber perdido mi vida, por culpa de la fiesta, pensé en cómo se hubiesen sentido mis amigos, mi hermana, mi padre…..me sentí tan mal y tan culpable, que decidí que esta vez, sí sería la ultima vez, y lo fue”. Esta toma de conciencia es una clarificación de valores que pudo realizar después de aquella noche en la que fue la persona más drogada de la fiesta. Aquella última fiesta supuso el punto de inflexión que le permitió conectar con lo que verdaderamente le importaba en la vida. Como en el “Cuento de Navidad” de Charles Dickens el fantasma del futuro vino a mostrarle cómo sería su vida y en lo que acabaría convirtiéndose si seguía por el mismo camino. No a todas las personas les sirve este pensamiento de futuro, le sirvió a A porque eran sus valores. Porque para ella esas personas eran valiosas y desde siempre había querido estudiar y aprender, quería sacarse el carnet de conducir, valerse por sí misma. Tuvo que pasar dos años “de retiro”, hacer su duelo (sí, también de algo tan contraproducente como drogarse, se necesita hacer un duelo) pasar por momentos difíciles de angustia y miedo para poder construir la vida que quería. Previamente había hecho algunos intentos que fracasaron y sin embargo fueron necesarios para el abandono final. Ella diseñó su plan y lo mantuvo durante dos largos años. No fue ni fácil, ni sencillo ¿Cómo iba a ser fácil? Fue duro y ahí reside el valor de lo que perseguia, de la clase de vida que quería tener y del tipo de persona que quería ser.

La desesperanza creativa
“Mi última fiesta fue decisiva para dar el paso…..tenía 22 años y las personas que me habían “metido en la fiesta” se acercaron una mañana a mi, con cara de sorpresa y me preguntaron que coño había hecho yo anoche, ¿Por qué? pregunté, y ellos me dijeron: eras la persona más drogada de toda la discoteca…..no puedo describir como me sentí….mal, muy mal, cuando por fin había conseguido lo que quería, ser uno más, me había dado cuenta de que ya no quería.” El estado de desesperanza es ese punto de inflexión a partir de cual iniciamos el cambio. Mientras mantengamos la esperanza de que lo que hacemos nos sirve para estar mejor y sobre todo mientras lo que hacemos nos produzca un bienestar o placer inmediato será difícil que hagamos ningún cambio. Pero llega un momento en el que arrojamos la toalla de la estrategia que estamos siguiendo. Un día a pesar del disfrute y de haber vivido el mayor “fiestón” de todos a A ya no le compensa porque al ser preguntada se ve reflejada en un espejo y la imagen que se encuentra no le gusta. Drogarse y salir de fiesta ya no tienen la misma función que hasta entonces. Ahora se da cuenta que si sigue haciéndolo se convertirá en alguien que no quiere ser y tendrá que renunciar a sus sueños. Ella sola se da cuenta y encuentra la fuerza para realizar el cambio.

El ser humano es libre para elegir (aún en las peores circunstancias)

Al Hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: su libertad de elegir la actitud  que va a adoptar para enfrentar cualquier situación y decidir su propio camino.

Esta frase de Viktor Frankl puedo verla reflejada constantemente en el comportamiento de las personas también en la historia de A cuando nos cuenta la forma en que probó la heroína “una de las mejores sensaciones de mi vida, mentiría si dijese lo contrario” y la elección que tomó desde el momento en el que se estaba yendo para casa del chico y aspiró los vapores de la sustancia “…Si antes de hacerlo tenía claro que sólo sería esa vez,…..lo tuve mucho más claro después, pues no creo que exista nada mas adictivo que esta droga”. No creo que le hagamos un favor a las personas que tienen una adicción al considerarlas enfermas (por tanto, víctimas de desequilibrios fisiológicos o de su química cerebral) o al establecer el consumo de drogas como atenuante de un delito (por tanto, menos responsable del mismo). Por el contrario considerar que las personas son responsables de sus actos aún cuando tienen un problema de adicción les permitirá encontrar el camino más adecuado para vivir una vida con significado. Para crear su propio destino.