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De los errores aprendemos

¿Qué aprendemos de los errores?

¿Qué aprendemos de los errores? Todo. Los errores forman parten del proceso de aprendizaje

A la mayor parte de las personas nos resulta difícil aceptar que hemos fracasado. Sobre todo cuando atribuimos lo sucedido a algo que hemos hecho mal o que anda mal en nuestra persona. Nos sentimos culpables y nos bloqueamos. Sin embargo, no es lo mismo fracasar que cometer un error.

El fracaso está relacionado con obtener un resultado diferente al que nos habíamos marcado. El error no se refiere al resultado final, sino al proceso. Un error es una conducta que después de realizada consideramos inadecuada para el fin que se pretendía. Hace un tiempo viví una experiencia muy dolorosa, las cosas no salieron como yo había imaginado y me hundí, durante días todo lo que hacia era mirar hacia atrás y repasar los momentos vivimos tratando de buscar dónde podía haber hecho las cosas de otra forma para no encontrarme en la situación que estaba. Me culpaba de haberlo hecho muy mal y me juzgaba duramente por no haber sabido ver o entender a tiempo lo que ahora me parecía tan evidente. Hablando con una buena amiga me dijo “no puedes juzgar tan duramente a la Azucena de cuatro años atrás mirándola desde la experiencia que ahora tienes”, al principio yo seguía en mi bucle de juicio y culpa tratando de evitar el dolor inmenso que sentía, pero poco a poco me fui dando cuenta de que las palabras de mi amiga no eran una mera fórmula de consuelo, sino que efectivamente en el presente podía darme cuenta de tantas cosas porque había tenido que vivir esa experiencia. Si era honesta conmigo misma tenia que reconocer que cuatro años atrás no tenia ni la información, ni los conocimientos, ni las vivencias que ese tiempo me habían dado. Así es como pude corroborar una vez más que los errores son necesarios para aprender. No podemos elegir no cometer errores (y mira que lo he intentado a lo largo de mi vida. Yo era de las que valoraba el perfeccionismo como una virtud) Estos forman parte del proceso de aprendizaje.

Cuando mi sobrino estaba dando sus primeros pasos para ponerse de pie, ganar cierto equilibrio y echar a andar solía tener el corazón en un puño observándole a cierta distancia. Nunca como en esa temporada vi tantos obstáculos y esquinas mortíferas donde el niño podía abrirse la cabeza o golpearse. Sin embargo, sabía que la única forma en la que podía ir ganando fuerza en sus piernas, mejorando su equilibrio y de que empezara a andar por si mismo pasaba porque se cayera una y otra vez a riesgo de algún chichón. Los niños (y todos hemos pasado por esa etapa) no pueden aprender a andar de otra forma que no sea cometiendo el error de caerse muchas veces.

“Para mí no es fácil aceptar que he fracasado” se lamenta quien acude a la consulta por problemas en su relación de pareja, rupturas, dificultades en la relación con los hijos adolescentes o ante un revés laboral.

En nuestra cultura no aceptamos bien que las cosas puedan no salir como estaban previstas.

Hace un tiempo leí un libro muy recomendable “El filósofo y el lobo” de Mark Rowlands que me ayudó a entender un poco mejor por qué vivimos tan negativamente los resultados inesperados. Según el filósofo los humanos “Nunca podemos disfrutar el momento por lo que es en sí mismo porque, para nosotros, el momento nunca es lo que es en sí mismo” no habitamos en el ahora, sino que viajamos a través del pasado recordando lo vivido, tratando de rehacerlo o modificarlo en el caso de que la experiencia haya sido negativa; viajamos por el futuro proyectando expectativas e ideas sobre cómo tienen que ser las cosas. Nos cuesta mantenernos en el presente y sobre todo aceptar el presente tal y como se manifiesta. Creemos que el mundo es “cómo yo quiero que sea” y “las cosas saldrán cómo yo haya prefijado que salgan”. Luego cuando la realidad se manifiesta tal cual es, nos frustramos y lamentamos de nuestra mala suerte o de no haber sido lo suficientemente capaces de conseguir lo que ideamos y en muchas ocasiones lo vivimos como un fracaso.

Por otro lado mantenemos cierto sentido de la omnipotencia y creemos que la mayor parte de las cosas están bajo control y además se rigen por la ley de la causa y el efecto. Desde luego tenemos más probabilidades de aprobar si estudiamos o más probabilidades de aprender un nuevo idioma si nos esforzamos y le dedicamos tiempo. Tener más probabilidades no es tener más certezas. Recuerdo hace unos meses a una paciente que vino a la consulta por crisis de ansiedad. Estaba preparándose unas oposiciones y hasta el momento podía decirse que todo le había ido bien. Disponía de un brillante expediente académico, un trabajo fijo y algunas buenas marcas en el deporte que practicaba. Pero en un momento dado las cosas se habían empezado a torcer. Por un problema administrativo al margen de ella estaba a punto de perder su trabajo y por ello tenia que prepararse de nuevo las oposiciones. De repente había caído en la cuenta de que no tenia el control de todo lo que pudiera pasar en su vida y había entrado en pánico. A veces la vida, sobre todo en la juventud, suele mostrarse bastante benevolente y durante años manifestarse como como un camino lineal plagado de éxitos en el que todo va saliendo según nuestras previsiones. El problema es que antes o después este sortilegio se rompe y es cuando nos damos cuenta de que la vida tiene sus propias leyes que no responden a la causa y el efecto.
El fracaso o el éxito de un proyecto no depende sólo de nosotros, diferentes factores influyen en un resultado final, como el azar, la voluntad de otras personas o las condiciones del contexto. 
El error implica una decisión previa de nuestra parte y por tanto somos responsables de ellos. esto no quiere decir que tengamos que fustigarnos cuando nos demos cuenta de que hemos cometido uno, sino más bien tratar de extraer la experiencia que podamos y mirar hacia adelante. Con la experiencia de lo vivido vamos avanzando. La experiencia de los errores nos proporciona un conocimiento vital para los siguientes pasos que vayamos dando en la vida. Aprendemos de los errores mucho mucho más que de los aciertos por más que nos cueste aceptar nuestra naturaleza humana limitada.
La forma de que el error sea útil y no se convierta en culpa, es asumir que las personas no somos perfectas. Podemos aprender de los errores y decidir hacer las cosas de otra forma distinta.

Podemos dar un sentido al error si estamos dispuestos a aprender del mismo, en vez de lamentarnos y culpabilizarnos.