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La necesidad de complacer

Hace unos días mi madre contaba una anécdota en una comida familiar. Recordaba a una tía que vivió en nuestra casa durante los primeros seis años de mi vida. Esta tía sentía predilección por mí, supongo que porque nací en primer lugar, y me cuidaba como tía orgullosa que se estrena en este papel. Mi madre contaba que a veces volvía de la calle quejándose de que una vecina se había acercado al cochecito y me había destapado, o me había dicho cualquier cosa que a ella no le había gustado nada. En esas ocasiones mi madre le decía “Matilde no quiero que por la niña te enfades ni tengas ningún conflicto con ningún vecino. Los niños son niños y se les pasan las cosas, pero si le dices algo a un adulto se molestará y habrá un conflicto entre los mayores”. Mi madre ha huido toda la vida de este tipo de conflictos aún cuando en algunas ocasiones no hubiera sido inadecuado que interviniera. Es algo que me ha molestado durante mucho tiempo pero que ahora puedo entender. Mi madre siempre ha tenido miedo “al que dirán” los demás. Siempre ha querido complacer aún a costa de sí misma y de su familia más cercana. Si tuviera que elegir un tema por el cual se ha regido sería algo así como “No hagas algo que pueda molestar a los otros o se enfadarán contigo o pensarán mal de ti”. Con el tiempo he ido tomando la distancia suficiente para darme cuenta de que este miedo y la forma de actuar resultante son algo que forma parte de su vida. En la infancia y buena parte de mi adolescencia creía que quería más a los de fuera que a los de casa. Mucho tiempo después me di cuenta de que yo también andaba por el mundo tratando de complacer para demostrar que era “buena” y ganarme el afecto y atenciones que no creía merecer por derecho propio, sino en función de lo que pudiera aportar a los demás. Y es que la necesidad de complacer está enraizada en nuestra genética como un mecanismo de supervivencia. Somos seres sociales, necesitados del grupo para sobrevivir. En la naturaleza quedarse fuera de la manada significaba morir, como las cebras o los antílopes que vemos en los documentales y que viejos, cansados o heridos van quedándose rezagados de la manada a merced de sus depredadores que aprovecharán el momento para atacarles y darse un banquete. Durante los primeros años de vida necesitamos de cuidadores que nos alimenten y se ocupen de nosotros, es normal que la naturaleza nos haya dotado de un vínculo poderoso como el apego para garantizar estos cuidados. Además la cultura promueve “que debemos ser buenos y atender a los demás. Y que si amamos debemos entregarnos por completo”.

Me veo a mi misma subiendo a una montaña una y otra vez para llegar a la cumbre donde todo el mundo pueda verme y darse cuenta de lo buena que soy y estén dispuestos a darme el amor, afecto y atención que necesito para sentir que merece la pena, que merezco la pena. El problema es que sólo se puede ascender a esta cumbre a base de perfeccionismo y exigencia. Y no compensa el momento de satisfacción o seguridad que se obtiene porque al poco tiempo vuelves a estar abajo sintiendo el miedo y vas dedicando tu vida a los demás quedándose por el camino tus sueños y tu libertad.
Me viene a la memoria una mujer a la que atendí hace tiempo por problemas en la relación con su hija. Voy a llamarla Maria para preservar su anonimato. Maria se había sacrificado mucho por su hija, todo le parecía poco si con ello conseguía que su única hija tuviera unos estudios superiores y se valiera por si misma en la vida. No tenia vida social, había renunciado a formar una nueva pareja después de la separación del padre de Maria porque no quería que la niña sufriera, todo lo que ganaba lo destinaba al cuidado de su hija, que a ésta no le faltara de nada. Cuando llegó a la consulta no entendía nada de lo que estaba viviendo ¿Cómo era posible que con todo lo que ella se había esforzado y la atención que había puesto, su hija se comportara tan mal? Y es que la hija no mostraba mucho interés en estudiar y aunque le prometía a la madre que iba a hacerlo al final las notas llegaban y el número de suspensos era prácticamente de pleno. También solía engañarla para salir o poder hacer todo lo que creía que la madre no le iba a dejar. El engaño más grande había sido perder todo el curso y decirle que lo tenia aprobado. Maria se sentía profundamente decepcionada, traicionada por su hija, le recriminada todo el esfuerzo que había hecho durante todos esos años y le exigía que contribuyera con su parte, es decir que estudiara y se portara bien, que es lo que a ella le iba a dar la tranquilidad de poder morirse y dejarla en el mundo. Cuando hablé con la hija me encontré con una chica de 21 años inmadura e incapaz de valerse por sí misma. Se sentía culpable del daño que le había hecho a la madre y a la vez incapaz de decirle que sus planes no coincidían con los de ella. Sólo en el fragor de una discusión muy acalorada le mencionó a la madre que se sentía agobiada……
Para Maria fue muy duro escuchar en la consulta que el sacrificio que había hecho por su hija y que estaba dispuesta a seguir manteniendo hasta el final de sus días, suponía una carga pesada para ésta. Una pesada losa que la impedía crecer y desarrollarse como un ser único con derecho a vivir su propia vida como fuera que eligiera. Y es que como describe Moix en su artículo “la entrega absoluta de los padres abona en los hijos un sentimiento de deuda de por vida que los encadena. Una sensación que los amarra convirtiéndolos en siervos de lo que creen que sus padres esperan de ellos.”
Luis vive con el lema de que cuando hace las cosas por los demás es porque quiere y se siente bien haciéndolo, sin esperar nada a cambio. Sin embargo, cuando su pareja le dice que no en algunas ocasiones en las que él está muy interesado en hacer algo o cuando ésta decide hacer algún plan individual en el que él no está incluido se enfada y suele reprocharle falta de consideración y ser una egoísta. En el fondo Luis no hace las cosas porque quiere si no porque quiere que le quieran.
Las personas que siguen el patrón de Luis se tienen por bondadosas y desinteresadas, no piden lo que necesitan porque hacerlo significa “ensuciar el amor” y sobre todo porque no se reconocen el derecho de hacerlo, suelen esperar que el otro (por el que se desviven y siempre están atentos) les de lo que necesitan sin tener que verbalizarlo, esperan que si ellos ofrecen atenciones y cuidados les serán devueltos cuando ellos lo necesiten sin tener que pedirlo directamente. Si se les pregunta por qué actúan como lo hacen con los otros, dirán que es porque quieren, porque les nace de dentro y no hay ningún interés, porque así es como entienden las relaciones y el amor por los demás y si les dices que en el fondo siempre obtenemos algo como sentirnos bien con nosotros mismos lo negarán de forma rotunda y con espanto de escuchar algo tan poco solidario y egoísta. La necesidad de complacer se encuentra tan escondida en nuestros aprendizajes e historia personal, lleva tanto tiempo guiando nuestros pasos que no nos damos cuenta de su existencia y la forma en que respondemos y vamos haciendo nuestra vida en función de ella.
A la hora de dar cualquier cosa, de elegir lo que hacemos conviene preguntarse si es porque realmente lo queremos y es importante para nosotros mismos con independencia de lo que el otro nos devuelva o en el fondo estamos esperando algo a cambio. Actuar en relación a los valores personales por ejemplo de ser una persona cariñosa, solidaria, empática, compasiva, altruista, etc es algo que tiene que compensar por si mismo aunque el otro no nos trate de la misma forma o no nos ofrezca lo mismo. Cuando nos sentimos mal y hacemos reproches porque el otro nos niega algo que queremos, cuando nos sentimos víctimas de las circunstancias, cuando tenemos la sensación de que todo el mundo a nuestro alrededor es egoísta y desconsiderado, cuando sentimos que carecemos de la atención que creemos merecer de los seres queridos, cuando nuestros intereses, sueños, necesidades, planes, se quedan en un segundo o tercer plano, cuando decimos si queriendo decir no, cuando no pedimos lo que queremos y nos quedamos sin poder hacerlo o disfrutarlo, cuando necesitamos contar con el beneplácito de las personas queridas cercanas para hacer algo que nos importa por miedo a que se enfade, cuando postergamos nuestras necesidades para atender en primer lugar las de los otros, cuando nuestra autoestima y valía personal se mide por la opinión que los otros tengan de nosotros mismos, por ser elegidos o por sus elogios…, es probable que estemos actuando para satisfacer nuestra necesidad de complacer.