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La carga del resentimiento.

Un cuento de la tradición oriental nos ayuda a reflexionar sobre el peso de las creencias que cargamos y que nos impiden actuar en el presente según la experiencia del momento. De esta forma acabamos por comportarnos de forma rígida y estereotipada sin cultivar la flexibilidad necesaria para vivir la complejidad de la vida.
También puede ayudarnos a darnos cuenta de cómo funciona el rencor y el resentimiento que cargamos a nuestras espaldas, a veces durante años impidiéndonos crecer y aprender de lo vivido. Cuando nos han herido el dolor puede ser muy grande, sobre todo si quien lo ha hecho es una persona cercana, la pareja, un hermano, un amigo, y podemos caer en la tentación de acumular sentimientos de rencor y enfado llevando con nosotros un peso que nos acompaña todo el tiempo y que nos dificulta avanzar. Suelo preguntarles a las personas por la utilidad de seguir alimentando su rabia y nunca obtengo una respuesta positiva “sé que no me sirve para nada” y a continuación suelo escuchar “pero si me olvido de lo que pasó se irá de rositas”. Esta es la función del resentimiento señalar un culpable (el otro) y una víctima (yo). Lo interesante es poder aprender de lo vivido, utilizar lo que pasó para aprender a actuar de forma diferente, para conocerme un poco mejor, para adquirir nuevas habilidades, y para ello hemos de transcender el rencor y centrarnos en poner lo que nosotros mismos o el otro le quitó a la relación en el momento que se produjo la ofensa. Esto es perdonar. “Perdono pero no olvido” Claro que no se puede olvidar, cuando se perdona tampoco se olvida. Perdonar es hacer algo, puede ser pedir al otro una reparación y estar nosotros dispuestos a aceptarlo. Sólo uno mismo carga con el enfado, la rabia y los sentimientos desagradables del rencor, por mucho que el ofensor quisiera experimentarlo para obtener el perdón es imposible que pueda meterse en nuestra piel.

Dos jóvenes monjes fueron enviados a visitar un monasterio cercano. Ambos vivían en su propio monasterio desde niños y nunca habían salido de él. Su mentor espiritual no cesaba de hacerles advertencias sobre los peligros del mundo exterior y lo cautos que debían ser durante el camino.
Especialmente incidía en lo peligrosas que eran las mujeres para unos monjes sin experiencia:
-Si veis una mujer, apartáos rápidamente de ella. Todas son una tentación muy grande. No debéis acercaros a ellas, ni mucho menos hablar, por descontado, por nada del mundo se os ocurra tocarlas. Ambos jóvenes aseguraron obedecer las advertencias recibidas, y con la excitación que supone una experiencia nueva se pusieron en marcha. Pero a las pocas horas, ya punto de vadear un río, escucharon una voz de mujer que se quejaba lastimosamente detrás de unos arbustos. Uno de ellos hizo ademán de acercarse.
-Ni se te ocurra -le atajó el otro-. ¿No te acuerdas de lo que nos dijo nuestro mentor?
-Sí, me acuerdo; pero voy a ver si esa persona necesita ayuda -contestó su compañero,
Dicho esto, se dirigió hacia donde provenían los quejidos y vio a una mujer herida y desnuda.
-Por favor, socorredme, unos bandidos me han asaltado, robándome incluso las ropas. Yo sola no tengo fuerzas para cruzar el río y llegar hasta donde vive mi familia.
El muchacho, ante el estupor de su compañero, cogió a la mujer herida en brazos y, cruzando la corriente, la llevó hasta su casa situada cerca de la orilla. Allí, los familiares atendieron a la asaltada y mostraron el mayor agradecimiento al monje, que poco después reemprendió el camino regresando junto a su compañero.
-¡Dios mío! No sólo has visto a esa mujer desnuda, sino que además la has tomado en brazos.
-Así era recriminado una y otra vez por su acompañante. Pasaron las horas, y el otro no dejaba de recordarle lo sucedido.
-Has cogido a una mujer desnuda en brazos! ¡Has cogido a una mujer desnuda en brazos! ¡Vas a cargar con un gran pecado!
El joven monje se paró delante de su compañero y le dijo:
-Yo solté a la mujer al cruzar el río, pero tú todavía la llevas encima.

Y tú… ¿Qué cargas llevas?