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Cuidados básicos emocionales

Tanto las heridas físicas, como las emocionales requieren de unos cuidados básicos y son diferentes en ambos casos.

Desde bien pronto en nuestra vida sabemos qué hacer ante una herida física. Todos tenemos alguna cicatriz que exhibimos con orgullo en nuestra infancia pintada de mercromina como si fuera una “herida de guerra”. Cada vez que nos caíamos en el patio del colegio o en nuestra casa podíamos observar a un adulto aplicar los cuidados básicos a nuestras heridas. Aprendimos a lavar la zona en primer lugar, desinfectar con agua oxigenada, aplicar un poco de mercromina y dejar al aire para que fuera cicatrizando. Sin embargo, qué es lo que pudimos aprender del tratamiento de las heridas emocionales. Lo más probable es que aprendiéramos a ocultarlas, evitarlas, taparlas, minimizarlas, etc. En general los mensajes que recibimos respecto a estas heridas van desde “no pasa nada. No te pongas así”, “no llores”, “trata de verlo de otra forma. No le des tanta importancia”, “relájate” como si hacer cada una de estas cosas estuviera en nuestra mano y fuera sencillo.

El psicólogo Guy Winch en el libro “Emotional First Aid: Healing Rejection, Guilt, Failure, and Other Everyday Hurts” hace una exposición de los primeros auxilios emocionales que podemos aplicar a la hora de tratar las heridas emocionales. Porque tanto las heridas físicas, como las emocionales requieren de unos cuidados básicos y son diferentes en ambos casos.

El camino de la aceptación es el más adecuado para enfrentarnos a las heridas emocionales. Dado que no tenemos ningún interruptor para encender o apagar las emociones y pensamientos, resulta más eficaz observarlos y darles permiso para que se manifiesten como sea que tengan que hacerlo. Observar la emoción o las sensaciones, ponerles nombre y no resistirse. Las emociones y sensaciones físicas son respuestas de nuestro organismos antes las experiencias que vivimos. Señales de aviso que nos informan de las cosas que nos importan y tememos perder.

Prestar atención al dolor emocional, reconocerlo cuando sucede y trabajar para tratarlo antes de que se note como que lo abarca todo.

Si ante las heridas emocionales empiezas a luchar tratando de mirar para otro lado o empeñándote en hacerla desaparecer cuanto antes, lo más probable es que esa lucha te lleve mucho tiempo y energía que dejarás de aplicar a las cosas que te importan y la vida que quieres. Muchas personas luchan contra sus síntomas de ansiedad para eliminarlos y poder hacer la vida que quieren. Sin embargo, en bastantes ocasiones esa lucha que empieza tomando medicación y evitando lugares o actividades termina en una pérdida de autonomía y la reducción del mundo a las paredes de su casa.

Cortar la espiral emocional

Nos esforzamos mucho en aumentar la autoestima y mantenerla en niveles altos. Consideramos que tener una buena autoestima es importante para que la vida nos vaya bien. Sin embargo, la autoestima no suele ser la causa, sino la consecuencia de la forma en que abordamos las situaciones que la vida nos va presentando. Cuando evitamos nuestros miedos y vivimos tratando de satisfacer las expectativas de los demás nuestra autoestima se resiente, en cambio cuando vamos enfrentando nuestros temores y vivimos de acuerdo a nuestros principios y valores, aún cuando no todo nos salga bien es más probable tener la autoestima alta. Más bien la autoestima funciona como un termómetro de la forma en que conducimos nuestra vida. En los últimos tiempos se está dando mucha importancia al trabajo de la autocompasion. Una de las autoras que más ha trabajado en ello es Kristin Neff, Para esta autora la autocompasión consiste en “tratarse a uno mismo con gentileza, reconocer las propias luchas como parte compartida de la experiencia humana, y sostener los pensamientos y sentimientos dolorosos en una atención consciente”  Cuando somos compasivos con nosotros mismos es más probable que preservemos nuestra autoestima. Y la autocompasion consiste en tratarnos a nosotros mismos como lo hacemos con los seres que queremos. Tratarnos así a través de nuestras acciones de cuidado. Es decir, tratarnos bien a través de nuestros actos.

Practica la autocompasión

Observar los pensamientos y no caer en rumiaciones inútiles dando vueltas a los pensamientos en la cabeza. Algunos pensamientos son difíciles de tener porque nos hablan de preocupaciones o temores que tenemos o nos muestran una imagen negativa de nosotros mismos o de nuestro futuro o pasado. Tendemos a creernos todos los pensamientos y considerarlos como la realidad. Nos identificamos con los pensamientos sin darnos cuenta de que no somos los pensamientos que tenemos en la cabeza. Aprender a observar los pensamientos mediante la practica de mindfulness o atención plena puede ayudarnos a tomar distancia y diferenciar “la vida en mi mente” de “la vida real”

Cuando te invaden pensamientos negativos, observarlos como si fueran “nubes” que pasan por delante y tú fueras el cielo.

La mayor parte de las personas que han pasado por una experiencia desagradable o muy dolorosa en su vida dicen al cabo del tiempo que aunque lo pasaron mal y no les gustaría volver a repetir aquello, aprendieron mucho de esa experiencia y se conocieron un poco mejor a sí mismos. Podemos crecer a partir de la adversidad pero para ello es importante atravesar las situaciones adversas y darles un sentido. Se trata de encontrar un significado en esa experiencia ¿Para qué me va a servir en mi vida vivir esta experiencia?

Explorar significados en las pérdidas

En nuestra cultura la culpa forma parte del sistema educativo. Nos resulta muy fácil sentirnos culpables por todo lo que no sale como esperamos o cuando creemos haber hecho daño a otras personas. La culpa es adaptativa cuando nos informa de que efectivamente con nuestras acciones hemos daño no intencionado a otra persona. Ese sentimiento es lo que necesitamos para darnos cuenta y hacer lo más eficaz en estos casos que es pedir disculpas y tratar de reparar el daño si está en nuestra mano. Sin embargo, con demasiada frecuencia lo que hacemos es sentirnos culpables, criticarnos y fustigarnos para no cambiar nada en la practica. Aprender a pedir perdón es una habilidad importante para manejarnos con la culpa. Para ello necesitamos cultivar nuestra capacidad empática y así cuando cometemos un error y alguien ha resultado dañado, ponernos en la piel de esa persona y tratar de conectar con los sentimientos que ha podido experimentar ante nuestros actos. Es decir, se trata de dar menos explicaciones de por qué actué de la forma en que lo hice y expresar más los sentimientos que crees que ha experimentado el otro ante tu actuación. Se trata de decir menos “lo siento actué así porque no sabia que para ti era tan importante acudir a ese lugar” y expresar más “siento haber actuado de esa forma imagino que has tenido que sentirte muy decepcionado al no poder ir a ese lugar”

En definitiva justificarnos menos y contactar más con el impacto que nuestra actuación ha podido tener en el otro.

No cargues con culpas excesivas