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Cuando parece que a todo el mundo le va mejor que a ti

Todos tendemos a compararnos con los demás. Es casi intuitivo, desde bien pequeñitos lo hacemos sin darnos cuenta. Que si este ha sacado una nota más alta que la mía, que si esa tiene el pelo más largo que yo, que si aquel se ha ido de vacaciones a Hawái y yo me he tenido que quedar en casa, que si el de más allá ha conseguido un trabajo mejor que el mío… Y así. Siempre. Casi con cualquier cosa.

Tampoco te descubro nada nuevo al decir que las redes sociales no ayudan, en absoluto, a acabar con estas comparaciones, ¿verdad? Facebook, Twitter, Instagram, etc., tienen sus cosas buenas, seguro, pero también sus cosas malas. Y, en este aspecto, Instagram (por ser la red social más visual y que más de moda está) hace mucho daño. Solo hace falta echar un vistazo a las fotografías de los demás para creer que esas personas (que, obviamente, solo muestran la cara buena) tienen unas vidas más plenas, exitosas, felices que nosotros. Que si reunión con amigos en casa, que si viaje a Estados Unidos, que si concierto cada semana, que si festival de música aquí, allá, que si desayuno en la cama, que si ropa nueva, que si mira qué bien estoy aquí posando junto al mar… 

Y ahí, mientras haces scroll por las fotos de los perfiles que sigues, empieza a ponerse en funcionamiento la máquina (nuestra cabeza) de comparar.

No te voy a mentir, no quiero ser una hipócrita: yo me comparo muchísimo con otras personas (y siempre salgo perdiendo) (estoy trabajando en ello). A mis 32 años me gustaría tener un grupo de buenos amigos, un curro más o menos estable y ser independiente (sobre todo mentalmente). Así que me comparo con gente cercana a mí, más o menos de mi edad, que ha conseguido esas o algunas de esas cosas. Esas personas y yo partíamos de cero y ellas comenzaron a avanzar y avanzar y avanzar y yo, en algún punto del camino, me paré. Me detuve y me estanqué (o, al menos, esa es mi sensación).

Vale.

Y ante algo así, ante tanta comparación con los demás, ¿qué podemos hacer?

Para empezar, aceptar quiénes somos, lo que hemos hecho hasta este momento y el lugar en el que estamos ahora. Aceptación, sí. También ser conscientes, por cursi que suene, de las cosas buenas que tenemos y que, al compararnos, a menudo se nos olvidan (la magia oscura de, entre otros, la baja autoestima). De ahí la importancia de sentirse agradecido por ellas, por minúsculas que nos parezcan. El simple ejercicio de apuntar a diario tres detalles que agradecemos nos ayuda a mirar con otra perspectiva el día a día y lo que podemos sacar de cada uno. A veces cuesta, sobre todo cuando parece que todo nos va al revés, pero siempre siempre siempre hay algún pequeño detalle.

«Hay días en los que parece que no has avanzado nada. Te comparas con todos los demás y te da la sensación de que te vas quedando atrás, de que todos consiguen lo que se proponen menos tú. Pero aquí está el problema: te comparas con otras personas, no contigo mismo. Compárate con tu yo de hace 6 o 12 meses, incluso con tu yo de hace 5 años». (Epoch)

Por eso, además de aceptarnos a nosotros mismos y nuestra situación, también podemos avanzar y transformar aquellas cosas que de verdad queremos cambiar (porque aceptarnos no significa conformarnos). 

Así, cuando nos comparamos con otras personas, tenemos que aprender a diferenciar entre:

  1. por un lado, aquello que nos daña porque tenemos baja autoestima. Creemos que somos o que hacemos tal cosa peor que los demás, aunque a veces, de vez en cuando, sin comparaciones de por medio, llegamos a ver o aceptar que somos suficientes, que hacemos (lo que sea) bien. 
  2. y, por otro lado, aquello que nos daña porque no nos hemos atrevido a llevarlo a cabo y esas otras personas sí. En este punto, esas comparaciones nos hacen pupa precisamente por envidia, porque esas otras personas se han atrevido a ser o hacer lo que nosotros no por miedo.

Por eso, yo quiero aprender a utilizar esa comparación en mi propio beneficio: que me sirva como motivación, estímulo, inspiración para tratar de conseguir lo que me proponga, y no como una zancadilla que me impida avanzar.

 

Cintia Fernández Ruiz, autora del post
Imagen: Priscilla Du Preez