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Crisis, una oportunidad de crecimiento personal.

Las crisis suponen momentos de pérdida y dolor que nos incapacitan momentáneamente para disfrutar de la vida y conectar con el placer y el bienestar. Helena es una paciente que está atravesando por uno de estos momentos dolorosos y siente que “no lo voy a superar nunca porque no veo salida. Es horroroso. No tengo ganas de nada. Sólo llorar y llorar”. En su situación es incapaz de darse cuenta de que todas esas emociones y sentimientos dolorosos que se le reflejan en el cuerpo como aguijones irán transformándose y transformándola en una persona más fuerte y más sabia. No es fácil contactar con el dolor y derramar las lágrimas necesarias que ayuden a cicatrizar las heridas. Tampoco es sencillo concederse el tiempo necesario, el que uno necesite, para avanzar por este proceso, sobre todo cuando las personas cercanas te animan a olvidar rápidamente y ponerte bien cuanto antes. No nos enseñan a confiar en la vida y a mantenernos en la incertidumbre del caos y la oscuridad del duelo. Necesitamos tenerlo todo planificado como si la vida fuera uno de esos viajes organizados por agencia en los que hasta el más mínimo detalle está calculado. Y en muchos aspectos la vida es totalmente imprevisible. Nos diseña su propio paquete de viaje y a nosotros sólo nos queda decidir la forma en que lo vamos a realizar.
Hace un tiempo experimenté una crisis similar a la que está pasando Helena. Aunque lo veía venir, de repente la vida tomó por mí de forma tajante, una decisión que yo llevaba postergando mucho tiempo. Sentí como si todo se resquebrajara bajo mis pies y ya no tuviera ningún sentido seguir hacia adelante. Hasta ese momento consideraba, que mi esfuerzo y habilidad bastaban para resolver cualquier cosa y me sentía con el control. Creí morir, pero ahora sé que fue el inicio de una transformación y me alegro de haber vivido esa experiencia. Se necesita tiempo “darle tiempo al tiempo” y también cultivar algunas actitudes que pueden ayudarnos a crecer en las crisis como refiere Enrique Martínez Lozano en un libro que comenzó a perfilar como “pretexto autobiográfico” y una forma de ayudarse en su propio proceso de transformación personal. Estas actitudes pueden ser útiles porque implican un afrontamiento activo de las crisis. Sin un afrontamiento activo caemos en el victimismo y lamento inútil. Una de las cosas que aprendí fue que nadie iba a venir a rescatarme de mi dolor. Nadie se ocuparía de mi vida si yo no lo hacía. Nadie (ni yo misma) tenia la culpa de mi tragedia, sin duda yo había contribuido de forma importante, a llegar al punto en el que me encontraba, sin embargo eso no me hacia culpable sino protagonista de mi situación.
Ahora sé que es muy importante aceptar las cosas que no podemos cambiar. Aceptar a las personas como son y aceptar lo que la vida vaya trayendo según sus propios planes. Frente al perfeccionismo en el que me había refugiado para ser cada vez mejor persona, mejor profesional, mejor amiga, mejor hermana, mejor, mejor y mejor…, entendí que la aceptación no es resignación sino la fuerza que necesitamos para afrontar el cambio. Pude constatar que la aceptación es el motor, la energía para encontrar la fuerza interna para coger la vida en las propias manos. La aceptación de las zonas oscuras de uno mismo, de esa “sombra” o “sombras” que tratamos de ocultarnos y ocultar a los demás lejos de hacernos más débiles y vulnerables genera fortaleza y equilibrio. La aceptación de que las cosas y las personas son como son, lejos de hacerme sentir más frustrada, me permitió dejar de esforzarme y vivir como Sisifo acarreando una roca eternamente hasta la cima de la montaña.
Martínez Lozano incluye la aceptación como la actitud primera en el proceso de crecer y superar las crisis y significa reconciliarse con la realidad. Lo divide en varios niveles:
Aceptación de aquello que nos hace sufrir y del propio dolor que nos lleva, de entrada, a sentirlo y llorarlo.
Aceptación del momento presente con todo lo que trae.
Aceptación de la confusión mental que suele acompañar los momentos de crisis.
Aceptación que se basa en la confianza en otra sabiduría que no es mental.
Aceptación que termina en rendición a lo que es.

Por decirlo en los términos más sencillos, el dolor no es malo, sino que como la sangre que mana de una herida nos ayuda a limpiar y evitar infecciones. Es natural y consustancial con el valor y significado que tuviera lo que se ha perdido.
Si nos ceñimos a estar en el presente vamos a sentir dolor pero será difícil experimentar sufrimiento, porque el sufrimiento habita en el futuro. En el miedo a que lo que estamos experimentando ahora sea para siempre y como cree Helena “no vaya a terminar nunca”
La experiencia de perdida es en algunos casos como caer en el vacío. Todo es caos y confusión. nubes negras sobrevolando por encima de la cabeza, envolviéndonos como un manto. Helena no es capaz de ver la salida porque al principio es imposible. Por eso conviene aprender a confiar en que sabremos hacerlo y como dice la sabiduría popular “no hay mal que cien años dure”. En Occidente nos enseñan a confiar demasiado en nuestra mente racional y tratamos de resolverlo todo – entendiendo, razonando y buscando soluciones lógicas – pero la vida tiene muchos momentos que no son problemas de matemáticas a resolver, sino experiencias que vivir.
La aceptación implica afrontar, mirar de frente, abrirnos a lo que es, hacer un hueco dentro de nosotros para dejar que surja y se mueva lo que acontezca. Sin embargo, aprendemos a evitar y resistir el dolor. algo que es natural dado que forma parte de nuestro mecanismo de supervivencia, pero también supone una estrategia inútil que a la larga nos acerca al sufrimiento.
“No evites, no resistas, no te identifiques…. Poco a poco, atravesando el pasadizo del malestar que (el sentimiento doloroso) conlleva, vienes a descubrir que está en ti, pero no eres tú (no te identificas con él)”
Frente al perfeccionismo y la autocritica feroz aprendí que tratarse con amabilidad y consideración no es una forma de complacencia y abandono, sino una manera muy útil de avanzar y adquirir nuevos aprendizajes. Como refiere Martinez Lozano “… en cierta medida, la resolución positiva de la crisis dependerá de una sana autocompasión, o cuidado amoroso de sí mismo…”
Hacernos protagonistas de la propia vida puede resultar un ímprobo esfuerzo y en medio de la crisis faltan las fuerzas, sin embargo, es la única forma de salir adelante. Como escribe Joaquin Sabina en la canción Conductores Suicidas “es crudo aceptar que no hay ser humano que le eche una mano a quien no se quiere dejar ayudar”. Y quien no se quiere dejar ayudar suele coincidir con alguien instalado en una actitud victimista que se pregunta una y otra vez “por qué a mí”. El victimismo es una actitud bastante reforzada en esta sociedad que anula nuestra capacidad de levantarnos después del golpe recibido y ver cuáles de los recursos personales que disponemos vamos a implicar en seguir adelante. Cada persona tenemos dentro de nosotros mismos los recursos necesarios para hacerlo, siendo uno de ellos el de pedir ayuda y dejarse ayudar. No tenemos por qué hacerlo solos, pero sí tenemos que hacernos cargo.

El proceso de crisis es muy doloroso, pero la capacidad de adaptación y superación del ser humano es enorme. Cuidado con la forma en que interpretamos lo que nos sucede. Algunas personas utilizan demasiados superlativos para referirse a la situación que están viviendo cuando en realidad no es tan dramático lo sucedido. Escribo estas palabras en un caluroso día de verano. Esta mañana mientras esperaba a ser atendida en una tienda, varias personas entraron quejándose del calor tan horrible y espantoso de la mañana, cuando en realidad el termómetro no debía marcar más de 21 grados. Simplemente es una anécdota intranscendente pero me sirve para señalar que la forma en la que nos decimos las cosas ayuda a crear la realidad.

Hace unos meses estuve trabajando con una mujer atrapada en una relación de pareja bastante tóxica. Había intentado dejarlo varias veces, incluso yéndose a trabajar fuera durante un largo periodo de tiempo, pero había vuelto y se sentía incapaz de salir de ese circulo vicioso en el que era consciente que estaba metida. Un día le hablé de la “Raquel pequeñita” que habitaba en su interior y que era quien reclamaba y se sentía mal cuando se alejaba de su pareja. Esa “Raquel pequeñita” era una niña que no sabia hacerse cargo de los sentimientos y emociones dolorosos, pero también había una “Raquel adulta” que tenia recursos, experiencia y capacidad de hacerse cargo de ella. Desde algunos modelos de psicologia se establece la figura del “niño interior” para hacer referencia a las carencias emocionales infantiles. A Raquel le funcionó darse cuenta de que una parte de ella era capaz de hacerse cargo y adoptó el compromiso personal de cuidar de ella misma y sus carencias en lugar de buscar fuera de ella seguridad y valoración.

Practicar mindfulness puede resultar muy útil para aprender a tomar distancia de nuestros pensamientos y emociones. En los momentos de dolor lo que genera mayor sufrimiento es la identificación con los pensamientos que tomamos como la realidad y los sentimientos que creemos durarán eternamente. No todas las cosas que nos pasan en la vida se resuelven buscando la verdad o la mentira de los hechos, ni tampoco pensando (aunque sea de otra forma). En ocasiones conviene vivir el momento como meros observadores de lo que sucede fuera y dentro de nosotros. Aprender a mirar los pensamientos y emociones como “acontecimientos internos” o “nubes pasajeras” resulta una habilidad muy útil para enfrentarnos al dolor y transcenderlo.


Para crecer y transformarse con las crisis he aprendido que…

Conviene hacerse cargo de las propias emociones, Aprender a reconocerlas y observarlas poniendo nombre a lo que me sucede en el momento presente.

No puedo elegir las cosas que me suceden, pero sí cómo afrontarlas.

Reconocer el sentido particular del malestar.

No es un signo de debilidad buscar ayuda profesional y del entorno.

Confiar.

Autocuidado y autoayuda.

No culpabilizarme y no culpabilizar.

Contactar con las emociones y poder expresarlas.

Explorar la espiritualidad.

Reírme.

Conviene Hacer los duelos necesarios.

Aceptar mis límites.

Vivir el presente.