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Cuando la confianza del otro te ayuda a avanzar.

Cuando un buen amigo me propuso hacer la ferrata de la Hermida lo primero que pensé fue “está loco, yo no puedo hacerlo” y seguí pensándolo hasta que me encontré delante del primer peldaño de hierro. La pregunta que me hago es ¿Cómo es posible que me embarcara en esta actividad con este pensamiento? ¿Cómo puede ser que otras cosas de la vida las deje pasar bajo el mismo pensamiento? La respuesta que se me ocurre está en la confianza. Según el diccionario de la Real Academia Española la confianza es la esperanza firme que se tiene de alguien o algo. Tiene relación también con la seguridad, especialmente al emprender una acción difícil o comprometida. Mi esperanza respecto a mí misma era bastante baja teniendo en cuenta que aunque había oído hablar de esta actividad, no había visto ninguna ferrata anteriormente. Como suele suceder la anticipación de lo desconocido sobre todo cuando produce miedo era mucho peor que la propia realidad. Y la seguridad respecto a poder conseguirlo era prácticamente ninguna. ¿A qué confianza me estoy refiriendo entonces? A la que tiene otra persona en ti mismo. En ocasiones la confianza viene de fuera. Otra persona tiene la confianza y seguridad de que puedes hacer algo y si te dejas llevar puede ser todo lo que necesitas para embarcarte en algo que de otra forma nunca intentarías. Con bastante frecuencia vivimos encadenados a creencias que como la estaca del cuento del elefante de Jorge Bucay nos restan libertad y nos mantienen atados a la idea de que no podemos hacer tal o cual cosa básicamente porque no lo intentamos. No pasamos a la acción.

“Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente. ¿Qué lo sujeta entonces?
¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?».
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.
Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.
Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza…”

Las creencias limitantes sobre uno mismo, el pensamiento de “no puedo” cuando lo tomamos en el sentido literal como la soga que mantiene al elefante atado a la estaca, junto a la falta de intento hacen que nos pasemos la vida dejando pasar cosas que podríamos hacer pero que nos moriremos sin probarlo.
Cuando otra persona confía en tus posibilidades lo notas y te sirve de fuerza para atreverte en un primer momento. Experimentas la seguridad en ti mismo y la curiosidad de saber cómo vas a hacerlo, incluso con los pensamientos de duda e incredulidad.

La única forma de vencer el miedo es afrontarlo pero no siempre es fácil ponerlo en práctica. Dar esos primeros pasos necesarios hacia lo que temes resulta casi imposible cuando tu mente está convencida de que no puedes y se disparan las alertas corporales en forma de desagradables sensaciones de ansiedad. Cuando el otro se conduce con firmeza y actúa dando por hecho que lo harás experimentas la fuerza necesaria para dar esos primeros pasos que te llevarán a ir construyendo la propia confianza y vencer el miedo.

Hay algunos aspectos que son necesarios para que esta confianza externa funcione en uno mismo. La confianza que tienes en la otra persona. Está claro que no todo el mundo funciona de la misma forma. El otro ha tenido que mostrarte que se puede confiar en él. Tiene que reunir algunas características esenciales para que se desarrolle ese sentimiento: conocimientos, experiencia, seguridad en la actividad que realiza, etc. El otro tiene que resultarte confiable por sus habilidades personales y su experiencia. Por la forma en que te apoya y acompaña. Por la paciencia que muestra y las ganas de que lo hagas. Porque está dispuesto a ir a tu paso cuando podría avanzar mucho más rápido en solitario. Porque es capaz de adaptarse a tu ritmo y concederte el tiempo que necesitas para ir ganando tu propia seguridad. Porque te concede la responsabilidad de hacer el camino por tus propios medios. No te carga sobre sus hombros, ni te lleva a rastras, sino que se coloca a tu lado dándote ánimos y orientación pero dejando que hagas el camino. Ta traspasa la responsabilidad de la acción dado que de otra forma nunca podrías llegar a confiar en tus propias posibilidades.

En el Manual para padres “SOS tengo un hijo adolescente” se plantean dos pasos fundamentales que los padres tienen que poner en practica sobre todo respecto a los hijos adolescentes “Primero, abandonar la responsabilidad de esas cuestiones (las cosas con las que los padres suelen estar molestos, como que el hijo no estudia, no participa de las tareas domésticas o no cumple los horarios). Segundo, aprende a confiar en que tu hijo puede tomar y tomará las decisiones adecuadas para él y hazle saber que confías en él.” Quien delega en ti la responsabilidad de hacer el camino ya confía en que puedes hacerlo, y aún no confiando internamente del todo, sólo con que lo muestre estando dispuesto a embarcarse en esa actividad contigo es suficiente para que lo realices. Uno de los aspectos que más me sorprendió de este manual es la correlación que existe entre lo que los padres suelen pensar de los hijos con los que tienen dificultades y los propios pensamientos que los hijos en consecuencia mantienen de sí mismos. Así, si los padres creen “Soy responsable de lo que haga mi hijo” el hijo cree “Papá (ó mamá) es responsable de lo que yo haga; yo no soy responsable de mis actos” si los padres creen “No lo hará” el hijo está convencido de “No lo haré” y un largo etcétera de creencias que padres e hijos comparten y les mantienen en el círculo vicioso de la dependencia.
Cuando experimentas el regalo de la confianza que otro ser humano deposita en ti y descubres que tu mente te estaba engañando, cuando puedes admirar el paisaje desde la cumbre, cuando miras para atrás y ves el recorrido que ya has realizado, cuando vuelves al inicio y cuentas con la certeza de tu propia experiencia…, es entonces cuando notas como la semilla de la propia confianza empieza a germinar y sabes con certeza que puedes.