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Emociones. Ni buenas ni malas.

Las emociones no son buenas o malas. Simplemente son y dependiendo de nuestra lucha con ellas pueden ser adaptativas si estamos dispuestos a notarlas y experimentarlas o desadaptativas si luchamos tratando de eliminarlas.
Para poder comunicarnos adecuadamente, prevenir conflictos o proporcionar apoyo es importante identificar y manejar nuestras propias emociones. En muchas ocasiones si no utilizamos las habilidades de comunicación que nos gustaría, no es porque no las conozcamos, sino porque nuestras propias emociones nos impiden ponerlas en practica. Cuando estamos activamos por el enfado o el miedo tendemos a reaccionar de forma impulsiva y decir lo primero que se nos pasa por la cabeza.
“La felicidad y la libertad comienzan con la clara comprensión de un principio: algunas cosas están bajo nuestro control y otras no.” Epicteto
Sólo tras haber hecho frente a esta regla fundamental y haber aprendido a distinguir entre lo que podemos controlar y lo que no, serán posibles la tranquilidad interior y la eficacia exterior.
Una premisa a tener en cuenta si queremos aprender a manejar las emociones es la sentencia del filósofo Epicteto: hay cosas que no están bajo nuestro control voluntario. Las emociones son reacciones automáticas de nuestro organismo ante las circunstancias que vivimos. Forman parte de nuestro equipaje básico de supervivencia. Un recurso con el que la naturaleza nos ha dotado para enfrentar más adecuadamente los obstáculos, la pérdidas, los retos, las decisiones, etc. Al ser automatismos no están bajo nuestro control voluntario, lo cual sería mucho menos eficaz, ¿Puede imaginarse tomando una decisión consciente cuando al cruzar la calle despistado está a punto de ser arrollado por un coche? Imagínese el diálogo interno “¡Uhy! parece que viene un coche muy rápido y tengo mucho riesgo de que me atropelle… Bien… ¿Qué hago?… voy a dar un salto hacia atrás” en el tiempo que le llevaría pensar todo esto y tomar una decisión el coche le hubiera llevado por delante. Por eso la naturaleza fue sabia y nos proporcionó un sistema automático de protección que se llama miedo. El miedo es la emoción que experimentamos cuando estamos ante un peligro. En una milésima de segundo nuestro cerebro ha captado el peligro, disparado adrenalina y puesto en funcionamiento todo nuestro organismo para saltar, quedarnos bloqueados o salir corriendo. Así es como hemos sobrevivido evolutivamente. El problema es que a veces los peligros no son reales, es decir no suceden en la realidad, sino que son imaginados por nuestra mente. La respuesta de miedo igualmente se desencadena aunque el peligro sólo sea imaginado. En realidad la mente tiene la función de imaginarlos porque también en algunos casos eso es eficaz. Los seres humanos no tenemos por qué experimentar todos los peligros, no tenemos que vivirlo todo para aprender. Nuestra mente con su capacidad de imaginar puede darnos información valiosa. En definitiva, tenemos emociones y esto es muy positivo porque conforman nuestro mecanismo de protección en general bastante eficaz. Pero tiene su coste dado que algunas veces se dispara en situaciones que no son un peligro en realidad para nuestra supervivencia.
La segunda premisa importante si queremos aprender a manejar las emociones es que los seres humanos somos seres limitados. Aunque en muchos momentos nos consideremos omnipotentes y creamos que todo está en nuestra mano, no es cierto. La vida nos recuerda constantemente que tenemos un control más bien limitado sobre muchas cosas que nos toca vivir. No tenemos control sobre la enfermedad, el momento de la muerte, ni el de nacimiento. No podemos controlar que nuestra pareja se quede con nosotros o que nos despidan del trabajo “por necesidades de la empresa”. Cuando digo que no tenemos control, me refiero a que no está en nuestra mano cambiar estas cosas. Aunque no podemos escoger muchas de las cosas que nos toca vivir. Siempre podemos elegir cómo las enfrentamos.
Existen cuatro emociones básicas y universales que compartimos todos los seres humanos: Miedo, tristeza, rabia y alegría.
Experimentamos ansiedad cuando nos percibimos amenazados, ira cuando nos sentimos atacados u ofendidos; tristeza cuando hemos de hacer frente a pérdidas y alegría cuando conseguimos lo que queremos.
Todas las emociones tienen un significado evolutivo muy importante y son respuestas muy determinadas por la estructura biológica del cerebro.
Podemos hacer un símil entre la función de las emociones y los semáforos de la carretera. Igual que al conducir paramos ante la luz roja, si la intensidad de la emoción es muy alta conviene parar y tomarnos un tiempo para observar lo que nos sucede. Esto nos ayudará a identificar la emoción y ponerle nombre. Por ejemplo, si estamos notando un puño en el estómago y la respiración agitada podemos decir: “Estoy notando un sensación de puño en el estómago y mi respiración rápida en este momento. Estoy notando ansiedad”
Cuatro pasos:
No Luchar
Sino aceptar que las emociones no son buenas y malas, todos los grados e intensidades pueden aportarnos información sobre lo que valoramos y nos importa en la vida.
Parar y observar
Para responder a esa pregunta “¿Qué me sucede en este momento?”
¿Cómo quiero responder?
Si nos hemos concedido ese momento de parar y observar estaremos en mejores condiciones para elegir la forma en que vamos a responder a la situación. Puedo dejarme llevar por las emociones y actuar de una forma reactiva (por ejemplo gritar cuando estoy enfadada) o bien, puedo elegir no gritar. Es difícil, por supuesto que lo es pero también es lo que nos hace propiamente humanos. Todos los animales (incluidos los mamíferos humanos) tenemos la capacidad de reaccionar cuando nos duele, el perro muerde o ladra cuando recibe un golpe. Sólo los humanos podemos elegir el comportamiento, ladrar y morder (gritar y decir algo hiriente) o guardar silencio en el momento antes que herir y posteriormente cuando la intensidad de la emoción haya disminuido, expresar nuestro malestar y hacer una critica.