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Hay algunos datos que tendrían que hacernos reflexionar sobre la forma en que abordamos los problemas psicológicos y los intereses que puede haber detrás del aumento de diagnósticos como el trastorno por déficit de atención por hiperactividad (TDAH), trastorno bipolar infantil o autismo en el caso de la infancia y trastornos de ansiedad y depresión entre la población adulta. En los últimos 20 años el diagnóstico de enfermedades mentales se ha duplicado mientras que los de minusvalías físicas ha descendido en la misma forma. ¿Podemos atribuir estos cambios a la genética?
Algunos datos apuntan a que entre el 10 y el 20% de los niños y adolescentes españoles sufren trastornos mentales. Otros hablan de hasta un 40% de los europeos y cada vez hay más consumo de psicofármacos tanto en la infancia como en los adultos.
No es extraño que en su último libro “¿Somos todos enfermos mentales?” el psiquiatra Allen Frances, quien fuera presidente del grupo de trabajo del DSM IV y parte del equipo directivo del DSM III (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (en inglés Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, DSM) de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (en inglés American Psychiatric Association o APA) se pregunte si “Somos todos enfermos mentales”. Evidentemente no todos somos enfermos mentales y este hecho ya lo deja patente en el subtítulo del libro cuando vemos que se trata de un “manifiesto contra los abusos de la psiquiatría”.
Algunas conclusiones que podemos extraer es que ciertamente no podemos atribuir los cambios a la genética dado que éstos no suceden en una generación ni en un lapso de tiempo tan corto. El autor se refiere a una “inflación diagnóstica” que se produjo incluso después de la publicación del DSM IV “…no fuimos capaces de predecir tres nuevas epidemias de trastornos mentales infantiles (…)” y apunta que “…A causa de la inflación diagnóstica, un excesivo número de personas ha pasado a depender de antidepresivos, antipsicóticos y ansiolíticos. Nos estamos convirtiendo en una sociedad de adictos a las pastillas.”
Un buen número de personas que acuden a la consulta por problemas de ansiedad o estado de ánimo bajo ya están tomando algún tipo de fármaco y aunque a pesar del fármaco siguen teniendo crisis de ansiedad o sensación de ahogo o nerviosismo consideran que sin la pastilla estarían mucho peor y necesitan tomarla para mejorar un poco y hacer la terapia psicológica. En realidad esto no es así y mi experiencia en la consulta me demuestra que sobre todo en el caso de las crisis de ansiedad la combinación de psicofármacos con la terapia psicológica a largo plazo tiene peores resultados, se producen más “efectos rebote” y hay más riesgo de cronicidad. Dice Frances que “los medicamentos psiquiátricos son ahora los productos estrella de las empresas farmacéuticas a la hora de generar ingresos… El 80% de las recetas son extendidas por los médicos de AP con escasa formación sobre su uso correcto, fuertemente presionados por los comerciales de la industria y por pacientes engañados, tras visitas precipitadas de 7 minutos de duración.” Coincido con su planteamiento de que “hay demasiados tratamientos a personas “preocupadas pero sanas” y demasiada poca asistencia a quienes están realmente enfermos. Dos terceras partes de las personas con depresión grave no reciben tratamiento, y muchas de las que sufren esquizofrenia acaban en la cárcel.”
En la consulta escucho con mucha frecuencia expresiones que me hacen pensar en la trivializacion con la que vamos incorporando el uso de los psicofármacos: “en realidad es una pastilla muy floja” “tomo medicación pero es muy poco apenas…” “llevo tomando estas pastillas hace diez años me van muy bien ya me he acostumbrado”. Cuando escucho a algunas personas hablar de por qué les han dado la pauta del ansiolítico o del antidepresivo me revuelvo en mi asiento porque una vez que ya lo están tomando no resulta muy útil que le sugiera no hacerlo, teniendo en cuenta el tiempo de deshabituación que precisan estos fármacos. Recientemente vino una mujer que lo estaba pasando mal porque su hija estaba teniendo un problema familiar, aunque la hija estaba siendo perfectamente capaz de afrontar su situación no podía resolverlo de forma inmediata y la madre sufría pensando en su problema. Había ido a su médico de familia por otro motivo y en el transcurso de la misma se echó a llorar y manifestó a su médico lo que estaba pasando, éste le recetó un antidepresivo “para que pudiera encontrarse mejor y no entrar en una depresión”. Otro hombre acudió porque tenia síntomas de ansiedad y pensamientos depresivos desde hacia unos meses. No era la primera vez que se encontraba así. La primera vez que notó esas sensaciones había sido hacía diez años y acudió al psiquiatra quien le pautó un tratamiento de antidepresivo y ansiolitico con el que estuvo cerca de un año hasta que se encontró mejor y pudo dejar el tratamiento. Al cabo de tres años regresaron los síntomas y volvió al psiquiatra ya que la primera vez parecía haberle acertado con el tratamiento y le había ido bien (entendiendo bien por eliminación de esos síntomas) le pautó un tratamiento similar y de la misma forma lo estuvo tomando casi un año hasta que lo dejó de nuevo porque ya no experimentaba ninguno de los síntomas. A los tres años volvió a experimentar el nerviosismo y la ansiedad y esta vez se encontraba desesperanzado ya que no podía explicarse por qué volvía a estar mal y consideraba que para vivir así era mejor no hacerlo. Volvió al psiquiatra y éste le dijo que dado que ya era la tercera vez que le pasaba tendría que tomar el tratamiento para toda la vida, es probable que su problema fuera crónico. Como no quería tomar ese tipo de pastillas para toda la vida, visitó a un homeopata con el que también mejoró unos meses con el tratamiento que le puso y finalmente acudió a su médico de familia con volvieron los síntomas. ¿Realmente podemos hablar de un problema crónico? o quizá tendríamos que pensar que las soluciones que se le están dando a este paciente están generando la cronicidad. Porque a veces el problema es la solución y desafortunadamente es una regla muy habitual a la hora de abordar los problemas psicológicos. En el caso de la primera paciente normalizamos su dolor como propio de la situación que estaba atravesando y de los valores que como madre tenía en relación a su hija única. Abordamos las cosas que dependían de ella y las que no y hablamos de la forma en que el malestar que la hija podía estar experimentando en este momento de su vida podía tener una utilidad para ella. Vino tres veces a la consulta y ambas acordamos que no era necesario tener ninguna cita más porque se encontraba mejor y quería empezar a realizar algunas actividades que tenía pendientes. En el caso del segundo paciente fue necesario que contactara con sus valores y la forma en que apartarse de los mismos le estaba afectando, también pudo darse cuenta de que a veces la coherencia con los valores genera conflicto interno si se quiere complacer a los demás. Tuvo que trabajar la aceptación y aprender a tener su mente en el presente en lugar de dejarse llevar por ella al futuro y dedicar su vida en el presente a resolver todas las catástrofes que anticipaba.
Nuestra cultura promueve una idea de felicidad como “ausencia de dolor”. Siéntete bien es el lema que podemos leer y escuchar por todos los lados. Se ha puesto de moda una visión positivista de la vida que nos anima a tener pensamientos positivos constantemente y emociones agradables. Además el uso cotidiano de la tecnología y las posibilidades de inmediatez que ofrece nos lleva a quererlo todo ¡YA! Hemos desarrollado una gran omnipotencia respecto a nuestras posibilidades de controlar todo lo que nos pasa pero lamentablemente la vida no parece seguir las mismas reglas, ni tampoco nuestro organismo. Hay algo que se está poniendo muy de moda en el mundo, es peor en el mundo occidental, pero se extiende. Tenemos que acabar con ello ya mismo. No debemos globalizar malas ideas. La humanidad está llena de diferencias. Sólo porque algo es diferente, no significa que se trata de una enfermedad. Algunas diferencias nos llevan a encontrar enfermedades reales, pero no todas ellas. Estamos constantemente bombardeados con el mensaje de que debemos sentirnos bien y ser felices todo el tiempo. Si no, si somos “ese tipo”: el que está en el círculo rojo. Se nos dice que tenemos un “cerebro roto”, que está probablemente causado por “genes rotos”. Soy un científico y la idea de que cosas como la depresión o la ansiedad son el resultado de un “cerebro roto” me resulta un tema muy polémico.” Kelly Wilson
Hemos caído en una especia de “Trampa de la Felicidad” y bajo esta trampa aplicamos a los contenidos psicológicos (pensamientos, emociones, sensaciones, sentimientos) la misma estrategia que seguimos en el mundo externo. Esto sólo contribuye a un florecimiento increíble de la industria de los libros de autoayuda, la industria farmacológica y otros sectores como el del merchandaising. Bajo la trampa de la felicidad si tienes síntomas de nerviosismo todo lo que tienes que hacer es controlar y sentirte bien, Si tienes pensamientos negativos todo lo que tienes que hacer es controlar y pensar en positivo, si tienes miedo trata de controlarte y dejar de preocuparte, si tienes el pensamiento de que lo vas a hacer mal piensa en positivo y en lo bien que te va a salir…, en realidad es sencillo autocontrolate y actúa como las “personas normales y felices” cambiando tus pensamientos y emociones negativos por otros positivos. Como idea no está nada mal si fuera posible, Sólo hay un problema, el ser humano no puede controlar sus pensamientos y emociones a voluntad, sólo tenemos una cierta capacidad de control. Podemos pensar en algo que queramos durante unos minutos pero al poco tiempo la mente se pondrá a pensar en lo que quiera, podemos respirar de forma profunda y esto nos dará una agradable sensación de relajación pero al cabo de un tiempo volveremos a notar el nerviosismo. En realidad esto es lo “normal” y no porque estemos enfermos o seamos incapaces, simplemente porque estamos hechos de esta forma, es nuestra naturaleza. El ser humano tiene un nivel de control muy alto sobre sus acciones pero apenas puede controlar sus emociones y pensamientos porque funcionan de manera automática, como la respiración o los procesos de regulación de la temperatura corporal.

Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso se plantea que en realidad la ansiedad no es un problema, los pensamientos negativos no son un problema, el bajo estado de ánimo no es un problema, Qué es lo que hacemos ante estos pensamientos y emociones es lo que puede resultar un problema.

Volviendo al paciente que lleva diez años tratando de eliminar sus síntomas de ansiedad, el problema es lo que hace, básicamente evitar esos síntomas y tratar de sentirse bien para poder hacer las cosas que le gustan en su vida. La paradoja es que tratando de luchar con los mismos lo que ha conseguido es tenerles más miedo y desesperanzarse.
Veamos un posible camino para desarrollar la cronicidad de un problema psicológico:
Una persona tiene sensaciones de desgana, falta de ilusión y malestar emocional, entonces deja de hacer actividades, pide una baja o se queda en casa todas las tardes cuando llega del trabajo, todo el mundo y ella misma ve normal que actúe de esa forma dado que existe una creencia muy arraigada de que “si no tienes ganas o ilusión es normal que no hagas nada”, entonces va al médico y le receta un antidepresivo y un ansiolítico para que se lo tome si lo necesita cuando tenga ansiedad, como respuesta inmediata al tratamiento y siendo la primera vez que lo toma se siente mejor y entonces empieza a realizar algunas actividades retomando poco a poco su vida cotidiana. La siguiente vez que vuelve a tener síntomas similares (dado que no se puede mantener sin más con independencia de los fármacos) hace lo que ha funcionado y vuelve al médico quien le vuelve a dar pastillas y otra vez que logra encontrarse bien y vuelve a realizar sus actividades. Cuando no puede mantener el estado de ánimo aparece de nuevo el “no tengo ganas” y el ciclo se hace infinito. Se cambia el medicamento o se aumenta la dosis, pero el “no tengo ganas” reaparece una y otra vez. Así, varias vueltas a este ciclo nos llevan al diagnóstico de depresión crónica. ¿Y realmente es imposible hacer cosas sin la sensación de ilusión o con la sensación de falta de ganas? Lo cierto es que tenemos múltiples ejemplos de que es posible ¿A quien le apetece levantarse por la mañana y salir con el frío del invierno a trabajar? ¿Cuántas veces no apetece ir a una comida familiar por la que no experimentamos ninguna ilusión y acudimos? ¿A quien le apetece quedarse en una reunión soporífera y poco productiva y sin embargo nos quedamos porque el jefe ha dicho que es importante? ¿Quien tiene ganas de salir a correr o escalar una montaña helada y se hace? ¿Lo hacemos sólo porque tenemos sensaciones de ilusión y ganas? No. En realidad lo hacemos porque perseguimos un fin último que en lo más interno de nosotros mismos nos importa. No es que sintamos ilusión y por eso hacemos las cosas, es que hacemos cosas y luego tenemos ilusión. Como decía Viktor Frankl “El hombre es capaz de vivir e incluso de morir por sus ideales y valores” y como dice un buen amigo montañero “Te tiene que motivar lo que haces para aguantar lo que sufres”